sábado, 9 de junio de 2018

HOMILÍA CON OCASIÓN DE LA ORDENACIÓN DIACONAL DE DAINER PRIETO Y RENZO GOTERA

HOMILÍA DEL EXCMO. MONS. ANGEL CARABALLO, CON OCASIÓN DE LA ORDENACIÓN DIACONAL DE DAINER PRIETO Y RENZO GOTERA, EN LA PARROQUIA “LA CONSOLACIÓN”
¡Queridos candidatos a la ordenación diaconal!
¡Queridos hermanas y hermanos en el Señor!
Como Iglesia, nos alegramos y bendecimos al Señor, fuente de todos los dones y beneficios, por este gran regalo que nos hace. Dainer Prieto y Renzo Gotera, dos jóvenes que han respondido con generosidad al llamado de Dios, hoy recibirán, por mis manos, la ordenación sacerdotal, en el grado del diaconado.
Represento en este momento al Administrador Apostólico, mons. Ubaldo Santana, quien por prescripción médica no ha podido venir. Él les envía su saludo, y los encomendará especialmente en la Santa Misa y en su oración.
El Consejo de Ordenes de la Arquidiócesis, habiendo recibido la petición de ustedes para acceder a este sacramento, y habiendo obtenido el parecer positivo de los formadores y de la comunidad cristiana, ha considerado que ustedes están adornados de las virtudes y están capacitados para ejercer este ministerio, el cual les preparará para recibir, en un futuro próximo, el presbiterado.
Al igual que aquellos varones elegidos por los apóstoles para el ministerio de la caridad, también ustedes deben dar testimonio del bien, llenos del Espíritu Santo y del gusto por las cosas de Dios, como lo hizo Jesús, el servidor por excelencia, el cual vino a dar su vida, por nuestra salvación, como ha sido proclamado en la palabra que acabamos de escuchar.
Saben ustedes que la vocación sacerdotal, como toda vocación, es un llamado divino que reclama una respuesta humana. “San Juan Pablo II, en su libro “Don y Misterio’, que escribió con motivo de sus bodas de oro sacerdotales, afirma: “El Sacerdocio es don y misterio. ¿Cuál es la historia de mi vocación sacerdotal? La conoce sobre todo Dios. En su dimensión más profunda, toda vocación sacerdotal es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre. Cada uno de nosotros sacerdotes lo experimenta claramente durante toda la vida. Ante la grandeza de este don sentimos cuan indignos somos de ello”.
Ese llamamiento divino, puede darse de tres modos: Uno, cuando nos llama Dios directamente, es el caso de los grandes personajes de la Historia de la Salvación: Jeremías, Isaías, la Santísima Virgen María, San Pablo.
Otro, cuando nos llama por medio de los hombres. Las primeras vocaciones en la Iglesia surgieron gracias al testimonio de otros. La vocación de Pedro pasa a través del testimonio de Andrés, el cual después de haber encontrado al maestro, y haber respondido a la invitación de permanecer con Él, siente la necesidad de comunicarle inmediatamente lo que había descubierto en su encuentro con el Señor. Lo mismo sucede con Natanael, Bartolomé, que siguió a Jesús, gracias al testimonio de le dio Felipe.
Y el tercer modo, cuando lo hace por medio de la necesidad, por ejemplo, el de la Madre Teresa de Calcuta que, al ver la pobreza extrema de la gente, sintió la voz del Señor, que le decía “Tengo sed”, y se entregó a servir los más pobres entre los pobres, o a los descartados de la sociedad, como dice el Papa Francisco.
¿Y cómo el Señor los llamó a ustedes? Permítanme, compartir con los aquí presente, el relato de su vocación.
Dainer, me comentaste que “’terminando el bachillerato, me tocó asumir la conducción del movimiento Paz y Bien, fundado por las hermanas franciscanas de los Sagrados Corazones de Jesús y María.
Poco formado me encontraba para poder dirigir el grupo, por lo cual me motivé a formarme por diversos medios, cada vez me acercaba mucho más a la Iglesia y poco a poco me fui identificando con la figura del sacerdote. Hasta que un día en la Eucaristía dominical de la capilla filial de mi parroquia San Francisco de Asís, durante el momento de la comunión, escuché la llamada del Señor concretamente para seguirle desde la vocación sacerdotal y celebrar un día yo mismo la Eucaristía.
Ese año se realizó una peregrinación de la cruz vocacional por diversas parroquias, y como miembro de la pastoral juvenil de mi parroquia, me tocó organizar la visita, lo cual sirvió como excusa perfecta para profundizar en la vocación sin que nadie sospechará. De esta manera siguió mi discernimiento, al principio con muchos miedos y temores, lloraba mucho en las noches, hasta que encontré un escapulario y comencé a rezar el rosario sin saberme los misterios, eso me calmaba y fortalecía el discernimiento”’
Renzo, me comentaste que “Mi inquietud vocacional comenzó a la edad de 15 de años. Fui descubriéndome cada vez más atraído por la vida sacerdotal (desde los 12 años era servidor del altar). Me volví un ávido lector de la vida de los santos, y causaron en mi un gran impacto las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer (particularmente en su libro Camino) y el relato vocacional de San Juan Pablo II (contenido en su libro Don y Misterio que tuve la fortuna de leer a los 15 años).
Pronto me di cuenta que de muchas maneras Dios me había preservado de tener una vida disipada y superficial como muchos de mis amigos, y la posibilidad de entrar al seminario generaba una fuerte ilusión en los años que terminaba el bachillerato.
Por aquel entonces comencé dirección Espiritual y un proceso de discernimiento vocacional en el oratorio del padre Rafael Márquez, (lugar en el que, por cierto, conocí a Dainer quien llegó a ese lugar con la misma inquietud).
Como pueden ver, hermanos, en sus procesos vocacionales, han intervenido Dios, los intermediarios y la necesidad que han visto de formarse bien, de descubrir el plan de Dios en sus vidas, de ayudar a otros a acercarse a Jesús y la exigencia de no conformarse con vivir mediocremente, sino buscar ardientemente la santidad a la que nos ha llamado el Señor.
Bendigo al Señor, por la oportunidad que me ha dado de presidir esta celebración y de imponerles las manos. Desde que llegue a esta tierra de gracia, hace ya cinco años, he tenido la oportunidad de verlos madurar en su vocación, de compartir con ustedes, de escuchar sus inquietudes y confidencias, y de ser testigo de la ilusión que les embarga, porque, hoy, darán un paso más en su configuración a Cristo.
Ustedes, aunque distintos, en su porte externo y carácter, tienen muchas semejanzas; son jóvenes, de apenas 25 años de edad; han ingresado juntos al seminario; se quieren como hermanos, aunque a veces discuten fuertemente; son inteligentes, y sus calificaciones así lo demuestra; les preocupa grandemente la situación vocacional de la arquidiócesis: un presbiterio, que va envejeciendo, sacerdotes que van a servir a otras iglesias y pocos seminaristas; y tienen una gran devoción al Inmaculado Corazón de María, cuya fiesta celebramos hoy, y a la cual ustedes han consagrado su vocación.
Si les digo esto, no es para que se vanaglorien y crean que es por mérito de ustedes, sino para que digan, como el salmista “no a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre, la gloria”; y para decirle al Pueblo de Dios, aquí presente, que le entregaremos dos diáconos, dispuestos a desempeñar, con humildad y amor, en plena sintonía con el presbiterio y el obispo, el ministerio de la caridad.
Queridos Dainer y Renzo, les encomiendo especialmente que, como vienen haciendo, promuevan, entre los jóvenes, la vocación sacerdotal. Un ministro enamorado de su vocación atrae de modo espontaneo a otros jóvenes a la misma. La vida feliz, plena, totalmente realizada de un ministro sagrado es un poderoso testimonio para que otros se sientan atraídos. Por lo demás, un joven llevado al Seminario es un refuerzo para la propia vocación.
¿Cómo hacerlo?
. En primer lugar, debemos confiar en la promesa de Jesús: “Oren al dueño de la mies que envié trabajadores a sus campos”. A partir de hoy, asumirán el compromiso de recitar la liturgia de las horas, oración oficial de la Iglesia. Que, en las distintas horas del día, cuando reciten la hora correspondiente, salga de sus labios, esa petición, corta y precisa: Señor, danos muchos santos sacerdotes.
. En segundo lugar, sean auténticos, íntegros, vivan plenamente el ministerio que se les confía. Pues el testimonio, arrastra. Para que aumenten las vocaciones en nuestra iglesia “simplemente hay que amar el propio sacerdocio. Hay que comprometerse uno así mismo para que de esta manera la verdad sobre el sacerdocio ministerial se haga atrayente para los demás” (San Juan Pablo II).
El mal ejemplo de un sacerdote puede causar verdaderos estragos en la Iglesia, pero el buen ejemplo, en cambio, hace un bien inmenso. Recuerden que no basta ser buenos, hay que parecerlo, y así como ser malos y parecer buenos es hipocresía, ser buenos y no parecerlo es estupidez. Traten de dar buen ejemplo, con sinceridad de vida, de modo que su vida cotidiana sea consecuencia natural de su unión personal con Cristo. Un buen testimonio vale más que mil palabras. Las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra.
En tercer lugar, propongan abierta y directamente a los jóvenes la vocación sacerdotal, así como Jesús se la propuso a los primeros apóstoles y al joven rico del evangelio. No tengamos miedo. Jesús habla a través de nosotros. Hablemos abiertamente sobre las excelencias del sacerdocio católico.
San Juan Pablo II, en una carta que dirigió a los sacerdotes, en el año 1985, invitaba a los sacerdotes a realizar un examen de conciencia: “Vuelvan a sus recuerdos personales. ¿Acaso no se halla en los principios de la vocación de ustedes un sacerdote ejemplar que guió sus primeros pasos hacia el sacerdocio? ¿No es verdad que el primer pensamiento de ustedes, el primer deseo de servir al Señor, están ligados a la persona concreta de un sacerdote-confesor, de un sacerdote-amigo? Si, el Señor tienen necesidad de intermediarios, de instrumentos para hacer oír su voz y su llamada”
Queridos Dainer y Renzo, ¡ofrézcanse al Señor para ser instrumentos suyos en la llamada a nuevos obreros para su Iglesia! ¡Jóvenes generosos no faltan!
Los encomiendo al Inmaculado Corazón de María. Que Ella se muestre como madre, llena de ternura y amor.
Que sus lemas, se haga realidad en el ministerio que hoy iniciarán. Renzo, que, en todo momento, en las alegrías y en las penas, en el éxito y el fracaso, puedas decir como María “hágase en mí, según tu Palabra’’, pues Dios sabe más. Dainer, ánimo y confianza en Dios y en las capacidades que se te han dado. El Señor, te dice: “no digas que eres muy joven. Tú irás a donde yo te mande y dirás lo que yo te ordene. No tengas miedo, yo estaré contigo para protegerte”
Queridas familias de Dainer y Renzo, muchísimas gracias por este regalo que han hecho a Dios y a la Iglesia. Ellos rezarán por ustedes y les traerán muchas alegrías, pues el Señor nunca se deja ganar en generosidad.
Oremos por nuestros hermanos. De su fidelidad dependerán muchas cosas. Amén.
Mons. Ángel Caraballo
Administrador Apostólico de Cabimas y Obispo Auxiliar de Maracaibo.
Maracaibo, 09 de junio, fiesta del Inmaculado Corazón de María, del año 2.018.

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