HOMILÍA DE LA MISA CRISMAL
SANTA IGLESIA CATEDRAL DE
LA DIÓCESIS DE CABIMAS.
A dos días de iniciar el Santo Triduo Pascual, nos hemos reunido, en
esta Iglesia Catedral, madre de todas las iglesias de la Costa Oriental del
Lago, sede desde la cual el obispo ejerce su ministerio de guiar al pueblo de
Dios a él encomendado, para celebrar esta solemne
eucaristía con todo el presbiterio, en la que se consagra el santo crisma y se
bendicen los demás óleos.
Saludo especialmente a los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos,
venidos de las cuatro zonas pastorales de la diócesis, a cumplir este
compromiso de renovar las promesas sacerdotales, esas que hicieron el día de su
ordenación ante el obispo y el pueblo de Dios. En esas promesas se
comprometieron a configurarse con Cristo, y a ejercer el ministerio como
seguidores de Cristo, Cabeza y Pastor, sin pretender los bienes temporales,
sino movidos únicamente por el amor al Pueblo Santo de Dios.
Saludo a las religiosas y a todos los fieles, que han querido acompañar
a sus sacerdotes en este importantísimo acto, expresando así el amor a Jesús,
del cual el sacerdote es su representante y el amor a la Iglesia. Dentro de
algunos minutos, les pediré a ustedes: “oren
por sus sacerdotes, para que el Señor derrame abundantemente sobre ellos sus
bendiciones: que sean ministros fieles de Cristo…”
En esta celebración se hace realidad lo que expresó el apóstol San Pedro
en una de sus cartas: “somos linaje
escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por
Dios, para que anuncien las virtudes de aquel que nos llamó de las
tinieblas a su luz admirable” (1Pe. 2, 5). Y todos, juntamente, cantamos
las alabanzas del Apóstol San Juan: “A
Aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha
convertido en un reino, y hecho sacerdote de Dios, su Padre. A él la gloria y
el poder por los siglos de los siglos. Amén”.
Damos infinitas gracias a Jesús, que, con su muerte y resurrección, nos
hizo un solo pueblo. Tendremos muy presente al pastor de esta Iglesia, mons.
Wiliam, quien está en franca mejoría, y espiritualmente nos acompaña. Y también
a los sacerdotes de nuestro presbiterio que se encuentran en el exterior:
Alexander Arias, Fernando Azuaje, José Alexis Dávila, Orangel Mavares, Jhonny
Moya, José Ocaña, Reinaldo Pino y Álvaro Valderrama.
Vivimos momentos difíciles en Venezuela. Los obispos de Venezuela, como
pastores, que aman a su pueblo hemos hecho uso de nuestra misión profética, y
hemos señalado algunos caminos para la restauración del país. No podemos
permanecer callados, pues no queremos recibir la reprimenda que Dios hizo a los
pastores de Israel: “Sus centinelas son
ciegos, ninguno sabe nada. Todos son perros mudos que no pueden ladrar…”
(Is. 56, 10)
Pero, ante la cruda realidad, que vivimos en Venezuela: ¿cuál debe ser
la actitud del sacerdote? ¿ser mero espectador? ¿olvidar su sacerdocio
ministerial y meterse a político? ¿pedir permiso al obispo para emigrar a
lugares más cómodos, poniendo como pretexto que es sacerdote de la iglesia
universal y se debe a toda ella? ¿participar en esta cadena de especulación y
corrupción, que de alguna manera nos induce esta misma situación de crisis?
¿replegarse a una espiritualidad intimista sin referencia alguna a la cuestión
social? ¿abstenerse y censurarse, y por consiguiente volver estéril su sagrada
misión de ser ejemplo de Cristo en la tierra? ¿empobrecer su ministerio hasta
desdibujarse como socorro espiritual de sus semejantes?
En el año 2.013, tuve la bendición de encontrarme con el Papa Francisco,
recién elegido Sumo Pontífice. En esa oportunidad, el Papa nos dijo a todos los
obispos reunidos en la Sala Clementina, que “el
obispo debe ser para los sacerdotes, padre, hermano y amigo, y en algunas
ocasiones, también debe ser abuelo y madre”.
Les voy a hablar con el corazón en la mano, con humildad y firmeza, y
trataré de responder las preguntas que acabo de formular, teniendo presente las
lecturas que han sido proclamadas y las enseñanzas del Papa Francisco.
En primer lugar, ante esta Situación País, el sacerdote debe saber, que
el día de su ordenación fue configurado
a Cristo, pastor, cabeza y esposo de la Iglesia. El sacerdote, en otras
palabras, es otro Cristo. Cada uno de nosotros, al ver a un sacerdote, puede
decir, “yo he visto a Cristo en la tierra”.
No es una locura. Ni una pretensión. Es simplemente una visión de fe. Decía el
Santo Cura de Ars, patrono de los párrocos, “Si
yo me encontrara en la calle con un ángel y un sacerdote, antes que al ángel
saludaría al sacerdote, porque en él está el mismo Cristo”. Y cada
sacerdote, como Jesús, puede decir: “el
espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido”’ Debe, por
consiguiente, el sacerdote preguntarse ¿cómo actuaría Jesús en esta situación?
Al responder esa puntual interrogante sabrá cómo actuar.
En segundo lugar, el sacerdote, buen pastor, debe estar delante del pueblo (EG, 31), para indicar el camino y
cuidar la esperanza de los que han sido confiados a su cuidado, es decir, debe
convertirse en modelo, en guía y en luz. El sacerdote es el primero en hacer lo
que tienen que hacer los demás, el primero en emprender el camino que han de
seguir los demás.
En esta misión de ser guía, los presbíteros, juntamente con toda la
Iglesia, están obligados, en la medida de sus posibilidades, a adoptar una línea
clara de acción cuando se trata de defender
los derechos humanos fundamentales, de promover integralmente la persona y de
trabajar por la causa de la paz y de la justicia, con medios siempre conformes
al evangelio. Una ayuda preciosa que tienen los pastores para cumplir esta
misión son las exhortaciones del episcopado y los principios de la Doctrina
Social de la Iglesia.
En tercer lugar, a imitación de Jesús el Buen Pastor, el sacerdote debe estar en medio de todos
(EG, 31), con su cercanía, sencilla y misericordiosa. Debe llenar su actividad
cotidiana de tiempos para los demás, ser cercano.
En ese trato próximo con la gente, el sacerdote a imitación de Jesús,
debe mirar a las personas a sus ojos con una profunda atención amorosa; debe
ser siempre accesible a la gente, evitar protocolos innecesarios; no debe hacer
caso al qué dirán ni a los respetos humanos, cuando se trata de servir a los
excluidos de la sociedad; no debe aferrarse a un horario de atención al público
como si fuese un funcionario que gana por las horas que trabaja. En fin, debe
ser el Buen Pastor que da la vida por su pueblo y lo orienta con el amor de
Cristo.
Lamentablemente, puede suceder que un sacerdote, viendo la situación de
pobreza, miseria, inseguridad, sea tentado a abandonar el pueblo. No sería ya
el Buen Pastor, sino, como dice Jesús: “el
asalariado, que no es el pastor ni las ovejas son suyas. Cuando ve venir al
lobo, huye abandonando las ovejas, y el lobo las agarra y las dispersa. A él sólo le interesa su salario y no le
importan nada las ovejas” (Jn. 10, 12-13). Es una inclinación a vencer con
fortaleza y oración.
Las razones que tienen muchas familias y jóvenes para emigrar a otros
países y buscar mejores condiciones de vida, son las mismas que tienen los
sacerdotes para quedarse en el país y dar lo mejor de sí. El Beato Papa Pablo
VI decía: "¡Felices los tiempos difíciles actuales que casi nos
obligan a ser santos!".
En momentos de crisis, han surgido los grandes santos de la Iglesia.
Pensemos en este momento en los grandes santos sacerdotes: San Juan Bosco, que,
ante la pobreza y desorientación de los jóvenes de su tiempo, fundó una
congregación religiosa. En San Maximiliano Kolbe, que se ofrece para reemplazar
a un compañero del campo de concentración de Auschwitz, que había sido señalado
para morir de hambre. Y así muchos otros.
Permítanme, compartir con ustedes, un hecho que marcó mi vida como
sacerdote recién ordenado de la Diócesis de Ciudad Guayana. Un sacerdote de la
diócesis de Brescia, Italia, el padre Ricardo Benedetti, trabajaba en el
Dorado, prácticamente el último pueblo de la diócesis. Realizó allí un excelente trabajo educativo y
de defensa de los derechos de los pobladores y de los indígenas. Un 17 de
agosto de 1.995, decide ir de excursión a el Salto Aponwao, en el Parque
Nacional Canaima junto a niños, catequistas de la Parroquia Nuestra Señora de
Lourdes, y docentes de Fe y Alegría “El Dorado”, para que conocieran las
grandezas de Dios en la naturaleza. La lancha donde se transportaban todos para
ver el imponente salto se apagó y fue arrastrada por las caudalosas aguas del
río, y se precipitaron a 100 metros de altura.
Pudiendo salvarse este sacerdote, no lo hizo, y su última frase fue: “Mis niños, mi gente, no saben nadar… me voy
con ellos, no los puedo dejar solos”. Este gesto heroico de su vida fue el
culmen de una entrega generosa de cada día a la causa del evangelio. Hoy,
todavía recuerdan al padre Ricardo como el sacerdote misionero italiano, que
acompañó a su gente hasta el final.
Hay palabras, circunstancias y retos que desaniman a los cobardes,
suelen ser las mismas que animan a los valientes. Ánimo, queridos sacerdotes: ¡Cristo,
y el pueblo venezolano los necesitan!
En cuarto lugar, el sacerdote, en ocasiones, deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y,
sobre todo porque el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos
(EG, 31). Ha de tener un corazón magnánimo en el cual, entre todas las
personas, especialmente aquellas que, por su condición política, social y
económica, son excluidas y no tomadas en cuenta.
Pero tengan siempre presente que siempre debemos actuar como sacerdotes,
es decir, actuar como Cristo actúo y estar en sintonía con el Magisterio de la
Iglesia. Al sacerdote, no le
corresponde, participar activamente en política partidista. Al respecto,
San Juan Pablo II nos recuerda: ‘’a los
presbíteros que, en la generosidad de su servicio al ideal evangélico, sienten
la tendencia a empeñarse en la actividad política, para contribuir más
eficazmente a sanar la vida política, eliminando las injusticias, las
explotaciones y las opresiones de todo tipo, la Iglesia les recuerda que, por
ese camino, es fácil verse implicado en luchas partidarias, con el riesgo de
colaborar no al nacimiento del mundo más justo que aspiramos, sino más bien a
formas nuevas y peores de explotación de la pobre gente. Deben saber, en todo
caso, que para ese empeño de acción y militancia política no tienen ni la
misión ni el carisma de lo alto”.
Queridos sacerdotes, les expreso mi profundo agradecimiento por la
excelente labor que realizan en sus parroquias, en medio de tantas dificultades
e incomprensiones. Asimismo, las atenciones que han tenido hacia mi persona y
el fiel cumplimiento de las peticiones que les he hecho. Quisiera recordarles
lo que San Pedro expresa en su segunda Carta () y que es válido para todos
nosotros los que amamos a Jesucristo: “…esfuércense por añadir a su fe, virtud; a su virtud, entendimiento; al entendimiento,
dominio propio; al dominio propio, constancia; a la constancia, devoción a Dios;
a la devoción a Dios, afecto fraternal; y al afecto fraternal,
amor. Porque estas cualidades, si abundan en ustedes, los harán crecer en
el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo, y evitarán que sean inútiles e improductivos”
(2Ped. 1, 5-8)
Saldremos de esta celebración renovados y entusiasmado a seguir, con
alegría y esperanza, cumpliendo nuestra misión. Que podamos, como Jesús, decir
con firmeza y convicción “el Espíritu de
Dios está sobre mí porque me ha enviado a anunciar el Evangelio a los pobres”
María Santísima, Nuestra Señora del Rosario, nos acompañe, anime y
fortalezca durante estos días santos, a fin de que podamos recoger abundantes
frutos de conversión y santidad. Amén.
Mons. Ángel Caraballo
Administrador Apostólico de Cabimas y Obispo Auxiliar de Maracaibo.

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