martes, 27 de marzo de 2018

HOMILÍA DE LA MISA CRISMAL SANTA IGLESIA CATEDRAL DE LA DIÓCESIS DE CABIMAS.


HOMILÍA DE LA MISA CRISMAL
SANTA IGLESIA CATEDRAL DE LA DIÓCESIS DE CABIMAS.


A dos días de iniciar el Santo Triduo Pascual, nos hemos reunido, en esta Iglesia Catedral, madre de todas las iglesias de la Costa Oriental del Lago, sede desde la cual el obispo ejerce su ministerio de guiar al pueblo de Dios a él encomendado, para celebrar esta solemne eucaristía con todo el presbiterio, en la que se consagra el santo crisma y se bendicen los demás óleos.
Saludo especialmente a los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos, venidos de las cuatro zonas pastorales de la diócesis, a cumplir este compromiso de renovar las promesas sacerdotales, esas que hicieron el día de su ordenación ante el obispo y el pueblo de Dios. En esas promesas se comprometieron a configurarse con Cristo, y a ejercer el ministerio como seguidores de Cristo, Cabeza y Pastor, sin pretender los bienes temporales, sino movidos únicamente por el amor al Pueblo Santo de Dios.
Saludo a las religiosas y a todos los fieles, que han querido acompañar a sus sacerdotes en este importantísimo acto, expresando así el amor a Jesús, del cual el sacerdote es su representante y el amor a la Iglesia. Dentro de algunos minutos, les pediré a ustedes: “oren por sus sacerdotes, para que el Señor derrame abundantemente sobre ellos sus bendiciones: que sean ministros fieles de Cristo…”
En esta celebración se hace realidad lo que expresó el apóstol San Pedro en una de sus cartas: “somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anuncien las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1Pe. 2, 5). Y todos, juntamente, cantamos las alabanzas del Apóstol San Juan: “A Aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdote de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”.
Damos infinitas gracias a Jesús, que, con su muerte y resurrección, nos hizo un solo pueblo. Tendremos muy presente al pastor de esta Iglesia, mons. Wiliam, quien está en franca mejoría, y espiritualmente nos acompaña. Y también a los sacerdotes de nuestro presbiterio que se encuentran en el exterior: Alexander Arias, Fernando Azuaje, José Alexis Dávila, Orangel Mavares, Jhonny Moya, José Ocaña, Reinaldo Pino y Álvaro Valderrama.
Vivimos momentos difíciles en Venezuela. Los obispos de Venezuela, como pastores, que aman a su pueblo hemos hecho uso de nuestra misión profética, y hemos señalado algunos caminos para la restauración del país. No podemos permanecer callados, pues no queremos recibir la reprimenda que Dios hizo a los pastores de Israel: “Sus centinelas son ciegos, ninguno sabe nada. Todos son perros mudos que no pueden ladrar…” (Is. 56, 10)
Pero, ante la cruda realidad, que vivimos en Venezuela: ¿cuál debe ser la actitud del sacerdote? ¿ser mero espectador? ¿olvidar su sacerdocio ministerial y meterse a político? ¿pedir permiso al obispo para emigrar a lugares más cómodos, poniendo como pretexto que es sacerdote de la iglesia universal y se debe a toda ella? ¿participar en esta cadena de especulación y corrupción, que de alguna manera nos induce esta misma situación de crisis? ¿replegarse a una espiritualidad intimista sin referencia alguna a la cuestión social? ¿abstenerse y censurarse, y por consiguiente volver estéril su sagrada misión de ser ejemplo de Cristo en la tierra? ¿empobrecer su ministerio hasta desdibujarse como socorro espiritual de sus semejantes?
En el año 2.013, tuve la bendición de encontrarme con el Papa Francisco, recién elegido Sumo Pontífice. En esa oportunidad, el Papa nos dijo a todos los obispos reunidos en la Sala Clementina, que “el obispo debe ser para los sacerdotes, padre, hermano y amigo, y en algunas ocasiones, también debe ser abuelo y madre”.
Les voy a hablar con el corazón en la mano, con humildad y firmeza, y trataré de responder las preguntas que acabo de formular, teniendo presente las lecturas que han sido proclamadas y las enseñanzas del Papa Francisco.
En primer lugar, ante esta Situación País, el sacerdote debe saber, que el día de su ordenación fue configurado a Cristo, pastor, cabeza y esposo de la Iglesia. El sacerdote, en otras palabras, es otro Cristo. Cada uno de nosotros, al ver a un sacerdote, puede decir, “yo he visto a Cristo en la tierra”. No es una locura. Ni una pretensión. Es simplemente una visión de fe. Decía el Santo Cura de Ars, patrono de los párrocos, “Si yo me encontrara en la calle con un ángel y un sacerdote, antes que al ángel saludaría al sacerdote, porque en él está el mismo Cristo”. Y cada sacerdote, como Jesús, puede decir: “el espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido”’ Debe, por consiguiente, el sacerdote preguntarse ¿cómo actuaría Jesús en esta situación? Al responder esa puntual interrogante sabrá cómo actuar.
En segundo lugar, el sacerdote, buen pastor, debe estar delante del pueblo (EG, 31), para indicar el camino y cuidar la esperanza de los que han sido confiados a su cuidado, es decir, debe convertirse en modelo, en guía y en luz. El sacerdote es el primero en hacer lo que tienen que hacer los demás, el primero en emprender el camino que han de seguir los demás.
En esta misión de ser guía, los presbíteros, juntamente con toda la Iglesia, están obligados, en la medida de sus posibilidades, a adoptar una línea clara de acción cuando se trata de defender los derechos humanos fundamentales, de promover integralmente la persona y de trabajar por la causa de la paz y de la justicia, con medios siempre conformes al evangelio. Una ayuda preciosa que tienen los pastores para cumplir esta misión son las exhortaciones del episcopado y los principios de la Doctrina Social de la Iglesia.
En tercer lugar, a imitación de Jesús el Buen Pastor, el sacerdote debe estar en medio de todos (EG, 31), con su cercanía, sencilla y misericordiosa. Debe llenar su actividad cotidiana de tiempos para los demás, ser cercano.
En ese trato próximo con la gente, el sacerdote a imitación de Jesús, debe mirar a las personas a sus ojos con una profunda atención amorosa; debe ser siempre accesible a la gente, evitar protocolos innecesarios; no debe hacer caso al qué dirán ni a los respetos humanos, cuando se trata de servir a los excluidos de la sociedad; no debe aferrarse a un horario de atención al público como si fuese un funcionario que gana por las horas que trabaja. En fin, debe ser el Buen Pastor que da la vida por su pueblo y lo orienta con el amor de Cristo.
Lamentablemente, puede suceder que un sacerdote, viendo la situación de pobreza, miseria, inseguridad, sea tentado a abandonar el pueblo. No sería ya el Buen Pastor, sino, como dice Jesús: “el asalariado, que no es el pastor ni las ovejas son suyas. Cuando ve venir al lobo, huye abandonando las ovejas, y el lobo las agarra y las dispersa. A él sólo le interesa su salario y no le importan nada las ovejas” (Jn. 10, 12-13). Es una inclinación a vencer con fortaleza y oración.
Las razones que tienen muchas familias y jóvenes para emigrar a otros países y buscar mejores condiciones de vida, son las mismas que tienen los sacerdotes para quedarse en el país y dar lo mejor de sí. El Beato Papa Pablo VI decía: "¡Felices los tiempos difíciles actuales que casi nos obligan a ser santos!".
En momentos de crisis, han surgido los grandes santos de la Iglesia. Pensemos en este momento en los grandes santos sacerdotes: San Juan Bosco, que, ante la pobreza y desorientación de los jóvenes de su tiempo, fundó una congregación religiosa. En San Maximiliano Kolbe, que se ofrece para reemplazar a un compañero del campo de concentración de Auschwitz, que había sido señalado para morir de hambre. Y así muchos otros.
Permítanme, compartir con ustedes, un hecho que marcó mi vida como sacerdote recién ordenado de la Diócesis de Ciudad Guayana. Un sacerdote de la diócesis de Brescia, Italia, el padre Ricardo Benedetti, trabajaba en el Dorado, prácticamente el último pueblo de la diócesis.  Realizó allí un excelente trabajo educativo y de defensa de los derechos de los pobladores y de los indígenas. Un 17 de agosto de 1.995, decide ir de excursión a el Salto Aponwao, en el Parque Nacional Canaima junto a niños, catequistas de la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes, y docentes de Fe y Alegría “El Dorado”, para que conocieran las grandezas de Dios en la naturaleza. La lancha donde se transportaban todos para ver el imponente salto se apagó y fue arrastrada por las caudalosas aguas del río, y se precipitaron a 100 metros de altura.  Pudiendo salvarse este sacerdote, no lo hizo, y su última frase fue: “Mis niños, mi gente, no saben nadar… me voy con ellos, no los puedo dejar solos”. Este gesto heroico de su vida fue el culmen de una entrega generosa de cada día a la causa del evangelio. Hoy, todavía recuerdan al padre Ricardo como el sacerdote misionero italiano, que acompañó a su gente hasta el final.
Hay palabras, circunstancias y retos que desaniman a los cobardes, suelen ser las mismas que animan a los valientes. Ánimo, queridos sacerdotes: ¡Cristo, y el pueblo venezolano los necesitan!
En cuarto lugar, el sacerdote, en ocasiones, deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y, sobre todo porque el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos (EG, 31). Ha de tener un corazón magnánimo en el cual, entre todas las personas, especialmente aquellas que, por su condición política, social y económica, son excluidas y no tomadas en cuenta.
Pero tengan siempre presente que siempre debemos actuar como sacerdotes, es decir, actuar como Cristo actúo y estar en sintonía con el Magisterio de la Iglesia. Al sacerdote, no le corresponde, participar activamente en política partidista. Al respecto, San Juan Pablo II nos recuerda: ‘’a los presbíteros que, en la generosidad de su servicio al ideal evangélico, sienten la tendencia a empeñarse en la actividad política, para contribuir más eficazmente a sanar la vida política, eliminando las injusticias, las explotaciones y las opresiones de todo tipo, la Iglesia les recuerda que, por ese camino, es fácil verse implicado en luchas partidarias, con el riesgo de colaborar no al nacimiento del mundo más justo que aspiramos, sino más bien a formas nuevas y peores de explotación de la pobre gente. Deben saber, en todo caso, que para ese empeño de acción y militancia política no tienen ni la misión ni el carisma de lo alto”.
Queridos sacerdotes, les expreso mi profundo agradecimiento por la excelente labor que realizan en sus parroquias, en medio de tantas dificultades e incomprensiones. Asimismo, las atenciones que han tenido hacia mi persona y el fiel cumplimiento de las peticiones que les he hecho. Quisiera recordarles lo que San Pedro expresa en su segunda Carta () y que es válido para todos nosotros los que amamos a Jesucristo: “…esfuércense por añadir a su fe, virtud; a su virtud, entendimiento; al entendimiento, dominio propio; al dominio propio, constancia; a la constancia, devoción a Dios; a la devoción a Dios, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque estas cualidades, si abundan en ustedes, los harán crecer en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo, y evitarán que sean inútiles e improductivos” (2Ped. 1, 5-8)
Saldremos de esta celebración renovados y entusiasmado a seguir, con alegría y esperanza, cumpliendo nuestra misión. Que podamos, como Jesús, decir con firmeza y convicción “el Espíritu de Dios está sobre mí porque me ha enviado a anunciar el Evangelio a los pobres
María Santísima, Nuestra Señora del Rosario, nos acompañe, anime y fortalezca durante estos días santos, a fin de que podamos recoger abundantes frutos de conversión y santidad. Amén.

Mons. Ángel Caraballo
Administrador Apostólico de Cabimas y Obispo Auxiliar de Maracaibo.







 

 




 

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