domingo, 18 de febrero de 2018

HOMILÍA - I DOMINGO DE CUARESMA 2018

I DOMINGO DE CUARESMA
(Génesis 9, 8-15; 1 Pedro 3, 18-22; Marcos 1, 12-15)


Muy apreciado pueblo de Dios,
Hace apenas algunos días, el miércoles de cenizas, cuando iniciamos la Cuaresma, recordamos las practicas propias de este tiempo: la oración, el ayuno y la limosna, las cuales nos prepararán para celebrar la gloriosa resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
Hoy, la liturgia de la palabra nos invita a meditar sobre una de esas prácticas: la oración. Dice el Evangelista que ‘’el Espíritu Santo empujó a Jesús al desierto’’.   El desierto, entre los muchos significados que tiene en la Sagrada Escritura, significa: lugar de silencio, que nos permite el encuentro con el Señor; austeridad, ausencia de toda cosa superflua.
Dice el Papa Benedicto XVI que “reflexionar sobre las tentaciones a las que es sometido Jesús en el desierto es una invitación a cada uno de nosotros para responder a una pregunta fundamental: ¿qué cuenta de verdad en mi vida?», y una de las cosas fundamentales, sin la cual no podemos vivir, es la oración.  Esa ha sido la experiencia de los grandes santos: “aquel que ora ciertamente se salva, y quien no ora, ciertamente se condena”, decía San Alfonso María. Y Santo Cura de Ars: “todos los males que nos agobian en la tierra vienen precisamente de que no oramos o lo hacemos mal”
Llama poderosamente la atención que Jesús, después de haber recibido el bautismo en el Jordán, momento en el que fue proclamado Hijo Amado en el cual el Padre tiene todas sus complacencias, y haber recibido el mandato de llevar la Buena Nueva a los pobres, sanar los corazones afligidos y predicar el reino, no se apresura a cumplir esa misión, sino que obedece al Espíritu, ora, medita, ayuna y lucha. Todo esto en una profunda soledad y silencio.
No es de extrañarnos, porque esta fue la conducta que Jesús asumió durante toda su vida, puesto que para él ‘’su manjar, su delicia era cumplir la voluntad del que lo había mandado”, y sólo lo podía hacer si estaba muy unido a su Padre. 
En efecto, Jesús, iniciaba su jornada, retirándose a un lugar tranquilo y solo a orar, porque sabía que durante el día tendría que estar ocupado en las cosas del Padre. En muchas ocasiones, se separaba de los hombres y se refugiaba a solas en un trato íntimo con aquel que le había enviado. Y cuando debía tomar una decisión importante, por ejemplo, cuando eligió a los doce apóstoles y la noche antes de entregar su vida por nosotros, pasó toda la noche en vigilia, pidiéndole al Creador que lo iluminara, que lo consolara y que la diera las fuerzas necesarias para emprender lo que su Padre le pedía.
El cristiano, cual seguidor de Jesús, debe imitar este ejemplo. No se concibe a un cristiano que ponga objeciones para no orar, que se justifique diciendo que tiene mucho trabajo, o deje la oración en un segundo plano, o simplemente que ella desaparezca de su vida.  En la actualidad, estamos muy acostumbrados a la imagen, al sonido, al alboroto, al trabajo frenético, y nos cuesta ponernos delante del Sagrario para escuchar a Jesús. Y, por eso, somos esclavos de nuestros vicios y pecados. Por esa razón tenemos vacíos y temores en nuestra existencia.
Se repite, de algún modo, lo que le sucedió al pueblo de Dios en Egipto, cuando el Faraón mandó a sus ministros: «Que se aumente el trabajo de estos hombres para que estén ocupados en él, de forma que no presten oído a las palabras de Moisés y no piensen en sustraerse de la esclavitud» (Ex 5, 9). Los «faraones» de hoy dicen, de modo tácito y explicito, a través de los medios de comunicación social y las redes sociales, ordenan que se aumente el alboroto sobre la gente, que les aturda, para que no piensen, no decidan por su cuenta, sino que sigan la moda, la ideología, compren lo que ellos quieren, consuman los productos que ellos ofrecen, para que de esta manera se olviden de sí mismos y de su Creador.
San Juan Pablo II, instaba a los fieles: “¡No dejéis de orar! ¡Que no pase un día sin que hayan orado un poco! ¡La oración es un deber, pero también es una gran alegría, porque es un diálogo con Dios por medio de Jesucristo! ¡Cada domingo, la Santa Misa, y, si es posible, alguna vez durante la semana; ¡cada día, las oraciones de la mañana y de la noche, y en los momentos más oportunos!”.
Si estamos unidos al Señor, podremos, como Jesús, vencer las tentaciones que nos presentan los enemigos del alma: el mundo, la carne y el demonio. Hoy, el Evangelio, nos habla también del gran tentador de la humanidad, el demonio, que quiere apartar a los hombres del camino de Dios. El no cansa ni descansa, como dice Benedicto XVI.  Él trabaja las 24 horas al día, los 7 días de la semana.  Cesa su trabajo con nosotros cuando morimos.
Jesús precisamente venció al demonio por la fuerza espiritual, que consiguió en la oración, porque vivió de la palabra del Señor, nunca se expuso temerariamente a los peligros y solamente adoró a su Padre.
Viendo los acontecimientos de estos días en nuestra querida Venezuela, podemos decir que el diablo, oscureciendo la mente de muchos, y alimentando sus aspiraciones mezquinas, está haciendo estragos y destruyendo la convivencia social. Nos estamos matando los venezolanos, no hay diálogo, no hay respeto por la forma de pensar del hermano, hay todo tipo de agresión física y verbal, descrédito, mentiras y engaños. Existe un clima donde prospera la desunión y la maldad, señales y claves de que nos estamos alejando de la luminosidad del Señor y cayendo en las trampas y ofertas del maligno.
Satanás, a través de gente inescrupulosa y que le rinde tributo, está profanando los cementerios, sacando los restos mortales de nuestros seres queridos para hacer todo tipo de maleficios y hechizos, ofendiendo y atacando la fe del pueblo. Satanás, a través de juegos como la ouija, Charli-Charli, la ballena azul, está llevando a muchos jóvenes a la muerte, la desesperación y la locura.
Queridos hermanos: ¡tengamos cuidados con ese ser siniestro! Existe, y todavía actúa, usando sus armas: la astucia, el engaño, el desaliento, la intriga. Nos dice San Agustín para consolarnos, “que el demonio es un gran perro encadenado, que acosa, que mete mucho ruido, pero que solamente muerde a quienes se les acerca demasiado”. (Santo Cura de Ars)
Querido hermano, no te dejes seducir por el demonio. No permitas que el desaliento, la amargura, la desesperanza, la frustración, reine en tu corazón. Comparto con ustedes esta fábula que nos ayudará a comprender lo que he dicho más arriba: Cierta vez corrió la voz de que el diablo se retiraba de los negocios y vendía sus herramientas al mejor postor. En la noche de la venta, estaban todas las herramientas dispuestas en forma que llamaran la atención, y por cierto era un lote siniestro: Odio, celos, envidia, malicia, engaño, placeres, excesos, ... además de todos los implementos del mal.
Pero un tanto apartado del resto, había un instrumento de forma inofensiva, muy gastado, como si hubiese sido usado muchísimas veces y cuyo precio, sin embargo, era el más alto de todos. Alguien le preguntó al diablo cuál era el nombre de la herramienta. "Desaliento", fue la respuesta. "¿Por qué su precio es tan alto?", le preguntaron. "Porque ese Instrumento -respondió el diablo- me es más útil que cualquier otro; puedo entrar en la conciencia de un ser humano cuando todos los demás me fallan y, una vez adentro, por medio del desaliento, puedo hacer de esa persona lo que se me antoja. Está muy gastado porque lo uso casi con todo el mundo y, como muy pocas personas saben que me pertenece, puedo abusar de él"
 El precio de desaliento era tan, pero tan alto, que aún sigue siendo propiedad del diablo... El desaliento es uno de los estados de ánimo contra el cual es indispensable fortalecerse. Nos desalentamos con la situación económica, con nuestro trabajo, con nuestra familia, con la necesidad de cambio, con los grupos de amigos, con el engaño, con la mentira, con el desamor... Debemos mantenemos alertas contra el desaliento. Si se presenta un tropezón o una caída no hay que entregarse. Después de cada caiga se empieza, otra vez, desde un punto más alto. Digamos como San Pablo en Segunda de Corintios (2da. Corintios 4:8-9): “...estamos atribulados en todo, más no angustiados; en apuros, más no desesperados”.
Si somos fieles a nuestra oración diaria, si recibimos frecuentemente los sacramentos, tendremos fuerza espiritual para resistir y superar las tentaciones del Maligno.
Le pedimos a Papa Dios “líbranos del mal”, “aparta de mí lo que me aparte de ti”. Arcángel San Miguel, “defiéndenos en la lucha, sé nuestro amparo contra la maldad y las asechanzas del demonio” Que María Santísima, por su constante intercesión, nos ayude a salir victoriosos de este combate. Amén

+Mons. Ángel Caraballo
Administrador Apostólico de Cabimas y Obispo Auxiliar de Maracaibo



.


viernes, 16 de febrero de 2018

¡Proclama mi alma la grandeza del Señor!

¡Proclama mi alma la grandeza del Señor!


Hace 5 años, un día como hoy, en mi diócesis de Ciudad Guayana, en la cual serví 22 años como presbítero, recibí la ordenación episcopal. Doy gracias a Dios, y a la Santa Iglesia, por haberme conferido este don inmerecido, que me convirtió en un sucesor de los apóstoles, y que debe seguir el consejo del Señor: “ser el último y servidor de todos
Quiero recordar en este aniversario a Su Eminencia Cardenal Pietro Parolin, quien fue uno de los ordenantes principales de la consagración episcopal.
Cuando el 19 de noviembre, Su Eminencia Pietro Parolin, otrora Nuncio Apostólico en Venezuela, y ahora Secretario de Estado, me anunció que el Papa Benedicto XVI, me había nombrado obispo auxiliar de Maracaibo, yo le respondí que siempre he sido un hombre obediente y, si habían visto en mí las cualidades para servir a la Iglesia desde ese ministerio, aceptaba, pues nunca le había negado nada a la Iglesia de la cual he recibido todo.
También le expresé que confiaba en las palabras de Santo Tomás de Aquino: “a los que Dios elige para una misión los dispone y prepara de suerte que resulten idóneos para desempeñar la misión para la que fueron elegidos”. Y que confiaba en sus oraciones, su consejo y compañía.
Él me invitó a la Capilla de la Nunciatura, oramos un poco, y, posteriormente, escribí la carta de aceptación al Papa Benedicto XVI. Después de una larga conversación, en la cual hablamos sobre la Arquidiócesis de Maracaibo, almorzamos, y me dijo que el nombramiento se haría público el 30 de noviembre, fiesta de San Andrés, y clausura de los ejercicios espirituales de los sacerdotes de Ciudad Guayana.
Con gusto, aceptó ser uno de los ordenantes principales, al lado de Mons. Ubaldo Santana, y Mons. Mariano Parra, otrora obispo de Ciudad Guayana. El día previo a la ordenación, recité la Profesión de Fe en mi parroquia de origen, Nuestra Señora de Fátima. Al final de la celebración, me dijo su Eminencia, que quedó gratamente edificado por la celebración y el amor que me tenía Ciudad Guayana.
Posteriormente, en el mes de septiembre, al llegar a Caracas, después del Curso de Obispo de reciente nombramiento en Roma, lo llamé para despedirme, ya que él saldría al día siguiente a la Ciudad Eterna. Tuvo la delicadeza de invitarme a la Nunciatura, hicimos una breve evaluación de mis primeros meses como obispo, y compartimos la cena.
Un sabio sacerdote, una vez me dijo: “cuidado con los inicios”, “comienza con bien pie” “busca el consejo de los prudentes”. Doy gracias a Dios, porque puso en mi camino a este hombre de Dios, quien, por su inteligencia, espiritualidad, corazón humilde y prudencia, es el primer consejero del Papa Francisco.
En el año 2.016, con motivo de la Clausura del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, y la entrega del Capelo Cardenalicio a su Eminencia Baltazar Porras, en Roma, tuve la oportunidad de hablar nuevamente con monseñor Pietro Parolín, quien guarda un bonito recuerdo de Venezuela, y ha tenido una participación activa para solucionar la grave crisis que atraviesa nuestro país.
El próximo 22 de febrero, día de su proclamación como cardenal, y día en que monseñor Ubaldo me presentó a la Grey Marabina, volveré a dar gracias a Dios, fuente de todos los dones y beneficios, y le pediré que me agarre bien de su mano, para que sea un servidor de todos, fiel, sabio, bueno y prudente.
Actualmente, tengo tres nombramientos: Obispo Titular de Dagno, Auxiliar de Maracaibo y Administrador Apostólico de Cabimas. Para cumplir bien esta misión sigo contando con la oración de todos ustedes.
A todos:  a mi numerosa familia, a Mons. Ubaldo Santana, al presbiterio de Maracaibo, de Cabimas y Ciudad Guayana, a las Religiosas y Religiosos, y a los laicos, con San Agustín, les digo: “¿Qué cosa mejor podemos traer en el corazón, pronunciar con la boca, escribir con la pluma, que estas palabras: “Gracias a Dios”? No hay cosa que se pueda decir con mayor brevedad, ni oír con mayor alegría, ni sentirse con mayor elevación, ni hacer con mayor utilidad”. Por eso, les doy unas sentidas y sinceras GRACIAS.
Suplico a la Santísima Virgen María, a quien estoy consagrado, que me siga bendiciendo. A Ella, que dijo “SI”, para que el Verbo se hiciera carne; A Ella, que estuvo en las bodas de Caná, cuando Jesús inició su ministerio público, y en Pentecostés, cuando el Espíritu hizo surgir la Iglesia, me encomiendo filialmente. El Santo Espíritu de Dios   guie mis pasos en la senda de ser útil, y prestar siempre el servicio que nuestra Santa Iglesia requiere. ¡Amén!

Mons. Ángel Caraballo
Administrador Apostólico de Cabimas y Obispo Auxiliar de Maracaibo.


 



miércoles, 14 de febrero de 2018

MENSAJE DE CUARESMA 2.018 - Mons. Ángel Caraballo



MENSAJE DE CUARESMA 2.018

Queridos fieles que peregrinan en la Costa Oriental del Lago,

Me dirijo a ustedes, al inicio de este tiempo de Cuaresma, que hemos comenzado con la imposición de cenizas, para exhortarles, con el apóstol San Pablo: “En nombre de Cristo, les pedimos que se reconcilien con Dios” y a “no echar en saco roto la gracia de Dios’’ que recibiremos, si realmente nos convertimos de corazón al Señor, fuente de todos los dones y beneficios, y único capaz de satisfacer los deseos más profundos del corazón humano.

¡Es tiempo de conversión, amados hermanos!

Jesús, en el momento que extendió sus brazos en la cruz, abrazó los cuatro puntos cardinales del espacio y el tiempo, y ha convertido nuestra historia (cada una de nuestras circunstancias y fatigas, y aún nuestros pecados) en tiempo de gracia, lugar de encuentro entre dos abismos, el de la Misericordia del Padre y la miseria del hombre.

La Iglesia, a través de este tiempo de preparación, nos invita a actualizar, a hacer presente aquí y hoy, el misterio de nuestra redención. Así como Moisés, antes de recibir las tablas de la ley, subió a la montaña y pasó 40 días de oración y ayuno (Ex. 34, 28), al término de los cuales, regresó con su rostro resplandeciente, porque había hablado con Dios, también hoy, el cristiano, durante estos 40 días de cuaresma está llamado a encontrarse personalmente con el Señor, para poder cumplir su misión de ser ‘’sal y luz del mundo’’.

Y todo esto será posible, si incrementamos, precisamente, durante este tiempo las obras propias que la Iglesia nos invita a realizar: la oración, el ayuno y la limosna.  La oración, que nos recuerda nuestra total dependencia de Dios, pues sin él no podemos hacer nada, en él somos, nos movemos y existimos. El ayuno, que nos ayuda a tener dominio sobre nosotros mismos y a no seguir las apetencias desordenadas de la carne. La Limosna, la bendita caridad, que nos invita a salir de nosotros mismos, para encontrarnos con el hermano, especialmente con el más necesitado.

En su mensaje de Cuaresma de este año, el Papa Francisco nos recuerda “El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia”

Mi gran deseo es que, en este tiempo, se multiplique las obras de asistencia y promoción social dirigida a los más pobres, que, en estos últimos años, lamentablemente, han aumentado considerablemente. La Campaña Compartir ‘’Aportemos a la nutrición de nuestros niños y niñas”, se dirige a contrarrestar el problema de la desnutrición infantil a través del programa SAMAN Y VIVEROS en perspectiva del reconocimiento de la dignidad de hijos de Dios y ante la exigencia del evangelio de dar de comer al hambriento (MT 25, 35), con la clara convicción en las palabras de Jesús ‘’Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron’’ (Mt. 25, 40).

 Junto a lo anterior, les recuerdo a los sacerdotes que deben ser generosos en la administración del sacramento de la confesión, a través del cual los fieles se reconcilian con Dios y la Iglesia.

Aprovecho el momento para informarles que, a partir del 19 de febrero, entrará en vigencia las ofrendas voluntarias que los fieles están invitados a dar en ocasión de recibir un servicio de la Iglesia. Si nos sentimos miembros de la Iglesia, asumimos también como nuestras sus necesidades, especialmente el sostenimiento de los sacerdotes. Recordemos que los sacerdotes no perciben un sueldo del gobierno ni de la diócesis, y se sostienen por las ofrendas que los fieles dar en las celebraciones litúrgicas. Ellos forman parte también de este pueblo que sufre toda clase de calamidades. No los dejemos solos.

Les invito, asimismo, a la ordenación diaconal del acólito Keysi Sánchez que, después de culminar sus estudios y su etapa pastoral, el Consejo de Órdenes ha considerado idóneo para recibir este sacramento. La Ordenación tendrá lugar el 17 de Marzo, en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús.

Agradezco, finalmente, el aporte que hicieron en la Campana “Apoya a tu Iglesia”, la cual arrojó un monto de 11.441.128, que ha servido para sufragar algunos gastos de funcionamiento de la Curia Diocesana. Estamos a la espera de recibir todos los aportes, ya que algunas parroquias no lo han hecho, para publicar la lista.

Mons. William sigue recuperándose satisfactoriamente en Caracas. Les envía su saludo y su bendición de padre y pastor. Sigamos rezando por él.

Oremos, por tantas personas que han cruzado la frontera, buscando en otro lugar lo que su país le ha negado, “ante todo por «el anhelo de una vida mejor, a lo que se une en muchas ocasiones el deseo de querer dejar atrás la “desesperación” de un futuro imposible de construir. Se ponen en camino para reunirse con sus familias, para encontrar mejores oportunidades de trabajo o de educación: quien no puede disfrutar de estos derechos, no puede vivir en paz”, como nos recuerda el papa Francisco (Jornada Mundial de la Paz 2018).

Les deseo una santa cuaresma para que podamos vivir una feliz y fructífera Pascua de Resurrección. Cristo, nuestro Maestro, va delante de nosotros, sigámosle agarrados de la mano de su Madre, de nuevo hacia la casa del Padre.

¡Dios les bendiga y cuide!


Dado en Cabimas, el 14 de febrero de 2018, Miércoles de Ceniza.




Mons. Ángel Caraballo
Administrador Apostólico de Cabimas y Obispo Auxiliar de Maracaibo.



HOMILÍA DEL MIÉRCOLES DE CENIZA “Desgarren su corazón y no sus vestidos” (Jl 2, 13)

HOMILÍA DEL MIÉRCOLES DE CENIZA
“Desgarren su corazón y no sus vestidos” (Jl 2, 13)

Queridas hermanas y hermanos,
Con esta celebración de imposición de cenizas, iniciamos con toda la Iglesia Universal, el tiempo de cuaresma, que nos preparará para conmemorar la solemne resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Iniciemos, por tanto, este tiempo con un profunda fe y esperanza, pues, en medio de tantas dificultades que estamos viviendo, sabemos que el Señor está y estará con nosotros, que no nos abandona, que su Providencia Divina guía los destinos de los pueblos. ¡Que es nuestro bendito salvador!
Hoy, como hizo con el pueblo de Israel, el Señor nos dice: ‘’si mi pueblo, sobre el cual es invocado mi nombre, se humilla, orando y buscando mi rostro, y se vuelven de sus malos caminos, yo los oiré desde los cielos, perdonaré su pecado y sanaré su tierra” (2Cron. 7, 14)
Toda la Liturgia de la Palabra pone a nuestra consideración que la conversión de corazón es la característica de este tiempo de gracia:
El profeta Joel, con autoridad y hablando en nombre de Dios, nos dice: ‘’ahora –oráculo del Señor- conviértanse a mí de todo corazón… Rasguen los corazones no las vestiduras: conviértanse al Señor Dios de ustedes, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad, y se arrepiente de las amenazas”.
El Salmista reconoce que ha pecado ‘’contra ti, contra ti, sólo pequé, cometí la maldad que aborreces’’ y pide la gracia del perdón: ‘’crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme, no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu”
Jesús en el Evangelio nos muestra el camino para conseguir esa conversión a través de la oración, el ayuno y la limosna, advirtiéndonos, como nos dice el profeta Joel, que deben ser practicadas con rectitud de intención y en la presencia del Señor, a fin de que la gracia vaya actuando en nuestras vidas y no sea simplemente un actuar delante de la gente.
Y San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que este tiempo de cuaresma es favorable, es tiempo de conversión, no podemos esperar otro.
Dentro de algunos minutos recibiremos en nuestras frentes las cenizas y, en esta oportunidad, el sacerdote nos dirá: Conviértete y Cree en el Evangelio.
¿Qué es la Conversión?
Lo primero que Jesús predicó en todos los sitios a donde llegaba y a todas las personas: Conviértanse, porque está cerca el Reino de los cielos.
«Conviértanse y crean en el Evangelio» es el llamado que hace el Señor a todos. La palabra griega para hablar de conversión es metánoia, que literalmente quiere decir cambio de mentalidad, abandonar una forma o modo de pensar que lleva al pecado para asumir un nuevo modo de pensar, la nueva mentalidad propuesta por el Evangelio. Se trata de asumir y hacer suyos los criterios evangélicos o enseñanzas del Señor, para que éstos se conviertan en norma de conducta para una nueva vida. Dado que el ser humano actúa de acuerdo a lo que piensa y a los valores que asume, la invitación a un cambio de mente implica, evidentemente un arrepentimiento del mal cometido y un deseo de enmendar el camino, viviendo de acuerdo a las enseñanzas divinas. Es un nacer de nuevo por la gracia de Cristo.
En la Sagrada Escritura, podemos ver ejemplos muy claros de personas que se convirtieron: el rey David, la Magdalena, la mujer sorprendida en flagrante adulterio, el retorno del hijo pródigo, Zaqueo, San Pedro, que lloró amargamente su deslealtad al Señor y, como muestra de su arrepentimiento profundo, exclamó: Señor, tú lo conoces todo, tu sabes que te amo.
En este proceso de cambio, juega un papel importante, el arrepentimiento sincero de nuestras faltas y el compromiso de enmendar nuestras vidas.
No basta sentir remordimiento, es decir, no basta tener rabia, o disgustarse por haber hecho algo malo que no quisiéramos haber hecho. No nos da tristeza por haber ofendido a Dios, sino porque hicimos algo que no nos gusta haber hecho. Eso pasa con Judas, que después de haber vendido a Jesús se suicidó, pero no le pidió perdón a Dios. El Remordimiento no borra los pecados, y no sirve sino para amargarse la vida. No trae paz al alma sino más tristeza y desesperación.
Tampoco es suficiente tener un arrepentimiento imperfecto, la atrición, que es un dolor o pesar de haber ofendido a Dios por el temor de ser castigado por él o merecer la condenación eterna. El que tiene un arrepentimiento así concibe a Dios, como un juez castigador y simplemente remunerador. Viviría una vida mediocre, y se conformaría con evitar los pecados mortales.
Hace falta que tengamos una contrición o arrepentimiento perfecto, que tengamos un dolor o pesar de haber ofendido a un Dios tan bueno y digno de ser amado sobre todas las cosas. Es el arrepentimiento que tuvo el Rey David, cuando dijo: ‘’un corazón humillado y arrepentido, Dios nunca lo desprecia’’ (Salmo 50),
Durante este tiempo de cuaresma, le he pedido a los sacerdotes que sean generosos en la administración del sacramento de la confesión, que también lo podemos llamar el sacramento de la conversión, porque alejados de Dios, escuchamos la llamada de Jesús a la conversión y volvemos a la casa del Padre. La confesión de los pecados sólo es instrumento para destruir el pecado, sino ejercicio precioso de virtud, de regeneración, de renovación espiritual hasta que lleguemos al hombre perfecto a la medida de Cristo.
Queridas hermanas y hermanos, este es momento favorable, es tiempo de salvación, para que, de una vez por todas, dejes el pecado y seas realmente cristiano, imitador y seguidor de Jesús. No caigas en la tentación diabólica de retrasar la conversión para después, para mañana, para un momento más oportuno. Recuerda que a nadie se le ha prometido el día de mañana.
Y te lo explico, a través de una anécdota, quizás conocida por ustedes.
Se cuenta que Satanás, en el examen final de tres aprendices de demonios, preguntó:
¿Cómo engañarían ustedes a la gente, para que se alejen de Dios y no lleguen al cielo?
. El primero respondió: Yo le diré que no existe Dios. Satanás dijo: Aplazado, porque la gente sabe que existe Dios, basta ver la grandeza y la bondad de la gente, para llegar a esa conclusión.
. El segundo respondió: Yo le diré que no existe el infierno. Satanás dijo: Aplazado. La gente sabe que existe la condenación, con sólo ir a las cárceles y ver como sufren los hacedores del mal, y ver el sufrimiento de los que están en el vicio de la droga, el licor y la pornografía, que viven enfermos, aislados y esclavos de sus pasiones.
. El tercero respondió: Yo le diré que todavía hay tiempo, que no se conviertan ahora, que lo dejen para mañana. Y Satanás respondió: Excelente. Summa cum laude, con esa estrategia, lograrás que muchos se condenen.
Querido hermano: Si ya has pensado convertirte, si ya lo tienes decidido, ¿a qué esperar? Hoy es el día, ahora mismo; no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Dejarlo para luego es exponerse a dar marcha atrás; no todos los días estás decidido, no a toda hora estás preparado para este paso. Al demonio le encanta ilusionar a la gente y engañarla con la conversión de mañana; a Dios le gustan las cosas hoy y ahora: Hoy es el día de la conversión.  El Señor quiere darte esta gracia.
Que Nuestra Señora del Rosario nos acompañe en este camino, que hoy iniciamos hasta llegar a la celebración gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo.

Mons. Ángel Caraballo
Administrador Apostólico de Cabimas y Obispo Auxiliar de Maracaibo














sábado, 10 de febrero de 2018

HOMILÍA ORDENACIÓN DIACONAL - CATEDRAL DE MARACAIBO 10-02-2018

HOMILÍA ORDENACIÓN DIACONAL

(Hch. 6, 1-6; Salm. 86; 1Tm 3, 8-13; Lc. 10, 25-37)

Muy apreciado, Monseñor Ubaldo Santana, padre y pastor de esta Iglesia particular.
Muy apreciados sacerdotes concelebrantes y diáconos permanentes presentes.
Muy queridos hijos, que van a ser ordenados diáconos permanentes; queridas esposas, hijos, familiares y amigos.
Muy querido Pueblo de Dios.
A pocos días de iniciar el Santo Tiempo de Cuaresma, el Señor nos ha reunido en el principal Templo de nuestra arquidiócesis, sede del Obispo, para celebrar el Santo Sacrificio del Altar en el cual serán ordenados Wolfang Castellano, Wilfredo Infante, Oseas Andrade, Nolberto Bracho, Edgar Añez y Fernando Urdaneta, por imposición de mis manos y la oración de la Iglesia como diáconos permanentes. Agradezco a monseñor Ubaldo la deferencia que ha tenido con mi persona al solicitarme que presida esta importante celebración.
La ordenación de ustedes representa para nuestra Iglesia una gran alegría y una gran esperanza, pues ustedes representarán ante la comunidad de fieles a Cristo, servidor del Padre, que vino a servir y a no ser servido, y ejercerán su ministerio diaconal en las periferias geográficas y existenciales del territorio arquidiocesano. Allí se encontrarán con los preferidos del Señor, con los cuales él se identificó y a los cuales él anunció el evangelio.
Encomendaremos, en esta eucaristía, a los diáconos que ya han regresado a la casa del Padre Celestial:  Filiberto Prieto y Roardo Torres, que hoy cumple un mes de su partida. Y a los que han tenido que emigrar con sus familias buscando mejores condiciones de vida: Luis Abreu, Rodulfo Reverol, Eddy Valbuena, Gustavo Carrillo y Jorge Monsalve.  A todos ellos, los tendremos muy presentes, pues, no obstante, unos se encuentren ya gozando de la bienaventuranza eterna, otros están predicando el evangelio en otras latitudes, y otros se incorporarán hoy a este colegio, estamos todos unidos por el misterio de la comunión de los santos, a través del cual los que peregrinamos podemos orar por los que se purifican, y quienes alcanzaron la gloria pueden interceder por los que todavía peregrinamos. Todos juntos formamos en Cristo una sola familia, la Iglesia, para alabanza y gloria de la Trinidad.
Queridos hermanos, el diaconado permanente es, ante todo, un don de Dios, pues como hemos escuchado en las lecturas que han sido proclamadas, es Dios que llama, a través de la Iglesia, a hombres que han sido considerados dignos para ejercer ese ministerio.
En la primera lectura, en efecto, los apóstoles, con el fin de atender mejor el ministerio de la caridad, instan a los miembros de la comunidad, a elegir los primeros siete diáconos, y oraron sobre los elegidos, imponiéndoles las manos. Y la segunda lectura señala las cualidades que deben adornar al candidato para el diaconado: hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y saber, dignos, sin doblez, no dado a beber mucho ni a negocios sucios, que guarden el misterio de la fe con una conciencia pura, casados una sola vez, y que gobiernen bien a sus hijos y su propia casa.
El Señor Arzobispo, conjuntamente con el Consejo de Ordenes, han estudiado sus peticiones y han analizado bien sus vidas, llegando a la conclusión que cumplen con los requisitos establecidos en la Palabra de Dios y la Tradición de la Iglesia. Esperamos que la gracia que recibirán en este sacramento acreciente en ustedes todas esas virtudes, para que sean una transparencia de Cristo Servidor y nunca empañen con el mal ejemplo esa imagen.
Cada ministerio, vocación y carisma tiene su origen en Dios, y tiene su ámbito específico de actuación en la vida y en la misión de la Iglesia.
El diácono permanente no es un “presbítero rebajado”, un monaguillo del párroco, ni su ministerio responde principalmente a la falta de vocaciones sacerdotales. Nunca los diáconos podrán sustituir el ministerio del presbítero.
El diácono tampoco es un “laico promovido” para acaparar el trabajo pastoral de los laicos. No se trata de una recompensa, ni mucho menos se le quiere poner como modelo para los laicos.
El Magisterio de la Iglesia, teniendo como base la Sagrada Escritura y la Tradición, señala cuál es el campo propio de los diáconos permanentes. «Así, confortados con la gracia sacramental sirven al pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la Palabra y de la caridad en comunión con el Obispo y el presbítero» (LG 29).
Las funciones diaconales, por tanto, vienen determinadas por la Tradición eclesial, bajo tres aspectos íntimamente unidos:
—La diaconía de la Palabra, que puede tener formas muy diversas: la predicación, la catequesis, la evangelización, especialmente entre aquellos donde la Buena Nueva del Reino de Dios es menos conocida.  
Les recomiendo, queridos diáconos, seguir el consejo del Papa Francisco: “Quien quiera predicar, primero debe estar dispuesto a dejarse conmover por la Palabra y a hacerla carne en su existencia concreta. De esta manera, la predicación consistirá en esa actividad tan intensa y profunda que es comunicar a otros lo que uno ha contemplado. Por todo esto, antes de preparar concretamente lo que uno va a decir en la predicación, primero tiene que aceptar ser herido por esa Palabra que herirá a los demás, porque la Palabra es viva y eficaz como una espada” (EG, 150)
—La diaconía de la Liturgia: desde el principio, el ministerio del diácono ha estado vinculado a la liturgia. En este aspecto, el diácono cumple la función de servir y asistir al Obispo y al presbítero en la celebración litúrgica, especialmente en la Eucaristía, de la cual el diácono debe sacar las fuerzas necesarias para identificarse cada vez más con Cristo Servidor de la comunidad.
—Y se les pedirá, de modo especial, ejercer la diaconía de la caridad a los más pobres. Ustedes han nacido de una necesidad que surgió en la Iglesia naciente: atender en la asistencia diaria a las viudas, que eran parte de los pobres de aquel tiempo.
Serán ustedes los buenos samaritanos, es decir, aquellos que, ante la gran cantidad de personas que yacen en el suelo, a causa del hambre, la enfermedad, la inseguridad, la falta de medicamentos, etc., se conmueven, y se bajan de su estado de confort y placer, se acercan, tocan la miseria y tratan de buscar una solución. Si así lo hacen, estarán cumpliendo el mandato del amor y estarán ejerciendo   genuinamente este ministerio que se les confía.
El Papa Francisco ha insistido constantemente que quiere una Iglesia pobre y para los pobres, pues así siempre la quiso Nuestro Señor Jesucristo. “Abramos –dice el Papa Francisco-nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslo a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad”’ (MV. 15).
Queridos candidatos al diaconado, para cumplir fielmente la misión que se les encomienda, cuentan con la ayuda invalorable e insustituible de sus esposas y de sus hijos. Los dos sacramentos, matrimonio y diaconado, no sólo son compatibles, sino que aportarán fuerza y hondura a su vida familiar y personal. Para la esposa del diácono, la segunda vocación a la que ha sido llamado su esposo, es una opción personal (no sacramental) y así vive el diaconado como una realidad personal. La santificación en el matrimonio y en el diaconado es para la pareja conjunta. Los dos avanzando en el camino hacia el Señor. La esposa da su consentimiento primero en el matrimonio y después para el diaconado. Este “sí” se convierte en compromiso de la esposa, porque en cierta manera trabaja a la par del esposo diácono.
Queridos hijos, en el corazón de ustedes, deben tener un puesto privilegiado la Palabra de Dios, la Eucaristía y los Pobres. Estas tres realidades deben constituir el tesoro y amor de sus vidas. La Palabra les llevará al conocimiento profundo de un Dios que quiso darse a conocer a la humanidad y quiso indicarnos el camino para ser plenamente felices. La Eucaristía que es el alimento indispensable del servidor, pues sin él nada podemos hacer. Y los pobres, que son la prolongación de la Encarnación para cada uno de nosotros, como nos lo recuerda Jesús: “lo que hicieron a cada uno de estos mis pequeños, lo hicieron a mi” (Mt. 25,40).
Otro gran tesoro es la Santísima Virgen Madre, la servidora fiel y obediente a los designios de Dios, el gran regalo que Jesús nos hizo en el momento en que iba a ofrecerse en sacrificio por todos. Los encomiendo a su maternal protección. Que ella se muestre hacia ustedes como madre, llena de piedad y amor. Amén.


+Ángel Caraballo
Administrador Apostólico de Cabimas y Obispo Auxiliar de Maracaibo



jueves, 1 de febrero de 2018

HOMILÍA DE NUESTRA SEÑORA DE RIOHACHA - PRIMERA VÍSPERAS - 01/02/2.018.

PRIMERA VÍSPERAS.
HOMILÍA DE NUESTRA SEÑORA DE RIOHACHA.
01/02/2.018.


Excelentísimo Mons.
Muy apreciados hermanos en el sacerdocio
Queridos religiosos y religiosas
Amado Pueblo de Dios.

Doy gracias a Dios, por haberme dado la oportunidad de celebrar esta Eucaristía con ustedes, víspera de Nuestra Señora de los Remedios. Agradezco de corazón a Mons. Héctor Zalah Zuleta, obispo de esta diócesis, al padre Jefferson, vicario general y párroco de esta comunidad parroquial.
Permítanme iniciar esta homilía con las palabras de la Santísima Virgen María: “Mi alma proclama al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su sierva”
Las lecturas que han sido proclamadas en este día nos invitan a preguntarnos sobre María. ¿Por qué los católicos la veneramos? ¿Por qué acudimos a su poderosa intercesión?, si la Biblia dice que “hay un solo mediador entre Dios y los hombres, y ese es Cristo Jesús que murió por nuestros pecados” (1Tm. 2, 5), “que Dios es un Dios celoso y no comparte su gloria con ningún mortal” (Ex. 20, 5). Y es necesario hacerlo para formar a nuestro pueblo fiel y así despejar dudas sobre la auténtica devoción a María. Miembros de Iglesias y sectas religiosas afirman que los católicos somos adoradores y, por consiguiente, idolatras, por la fuerte devoción a María. Pero, lamentablemente, dentro de los que tienen formación religiosa, reducen la devoción a María a un mero sentimentalismo, o la consideran una diosa, con poderes extraordinarios y mágicos, capaz de hacer milagros y portentos en todos los órdenes.

Pero no es así. La Iglesia siempre nos ha enseñado que María, después de Dios, ocupa un puesto importante en la vida de los creyentes por un hecho de fe: ella es la madre de Dios, de Jesús, perfecto hombre y perfecto Dios, que murió y resucitó por nosotros para darnos vida eterna. A María le rendimos el culto de especial veneración, hiperdulía, por su singular participación en nuestra redención. Ya el arcángel San Gabriel le rindió esa alabanza al decir “Alégrate, María, llena eres de Gracia, el Señor es contigo”. Y su prima Isabel, al recibirla en su casa, exclamó: ¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a visitarme?, Dichosa tu porque has creído, Bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. Y la misma María lo reconoció cuando cantó con alegría: “me llamarán bienaventurada todas las generaciones porque el Señor ha hecho en mí grandes maravillas” (Lc. 1, 48,49). La Iglesia, todos nosotros, lo que hemos hecho desde sus inicios es reconocer las maravillas que el mismo Dios realizó en ella. Por eso, la Iglesia insistentemente ha motivado a sus hijos a que le rindan culto a María, especialmente el litúrgico, pidiendo “que se abstengan con cuidado de toda falsa exageración como también de una excesiva estrechez de espíritu, al considerar la singular dignidad de la madre de Dios” (L.G 67).
Rendir culto no se limita a expresar con nuestras oraciones, cantos, asistir a las procesiones, llevar su escapulario, prender velas y colocar flores ante sus imágenes, para manifestar nuestro amor y piedad. Va más allá. Significa que glorifiquemos a la Madre de nuestro Salvador con nuestras propias vidas, que seamos buenos hijos, que nos parezcamos a ella, que transparentemos en nuestras vidas sus virtudes y esa sencilla aceptación de la voluntad del Altísimo. Si no llegamos a este punto, nuestra devoción será vacía, no meritoria, dignos de aquella que reprensión que leemos en el profeta Isaías “este pueblo me alaba con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Is. 20, 13).
Una de las virtudes que resaltan en la vida de la Santísima Virgen María y que tanto hace falta en el contexto político, social y económico que estamos viviendo en el mundo es la solidaridad. El Papa Francisco la definió como la "palabra clave de Evangelio" pero que "está mal visto" y da "miedo" en el mundo y también a veces en la Iglesia. “En la Iglesia, pero también en la sociedad una palabra clave que no debemos temer es "solidaridad": es decir saber poner a disposición de Dios y de nuestros hermanos lo que tenemos, nuestras humildes capacidades, porque sólo compartiendo, donando, nuestra vida será fecunda, dará frutos".
Si leemos cuidadosamente los pasajes de la vida de María en el Evangelio nos daremos cuenta que María vivió esta virtud en grado heroico, y fue modelo para su hijo y sus paisanos.
María fue solidaria con Dios. Ante el anuncio del Arcángel que ella sería la Madre de Jesús, ella respondió con obediencia y libertad: “aquí está eslava del Señor, cúmplase en mí lo que has dicho” (Lc. 1, 38), y, a partir de ese momento “Dios se hizo hombre” y vino a vivir para siempre con nosotros.
María fue solidaria con la humanidad. Ante la noticia de que su “prima Isabel, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y la que decían estéril está ya de seis meses: para Dios no hay imposibles” (Lc. 1, 36-37), María decidió ponerse en camino inmediatamente para ir a ayudarla.
María no se queda extasiada, fuera de sí por la alegría. No permanece inactiva, embelesada en su mundo de mujer joven que necesita cariño, conforto, mimos y cuidados especiales. No se lanza a gritar a cuatro vientos su privilegio de que en ella se cumplían todas las profecías. María se olvida de sí misma, sale de Nazaret en carreta, a toda prisa, a la montaña, a unos 120 Km, porque ella, a semejanza de su hijo, vino a servir y no a ser servida.
María es solidaria y cree en el Dios solidario con los pobres y los humildes. En su canto de alabanza a Dios afirma “su brazo interviene con fuerza, desbarata los planes de los soberbios, derriba de trono a los poderosos y exalta a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacío” (Lc. 1, 51-53). Es decir que el Dios de María, el único Dios vivo y verdadero, no está a favor de los soberbios que se creen más que los demás, ni de los ricos, insensibles a la miseria de los pobres, y buscan por todos los medios enriquecerse, acumular bienes sin respetar la justicia, y mucho menos con los poderosos que quieren someter a los hijos de Dios.  El Dios Santo y Todopoderoso de María es solidario y está a favor de los humildes, de los humillados y de los pobres. Ya lo expresaría el Humilde carpintero de Nazaret, el verbo hecho carne, al dirigirse a su Padre diciéndolo “Te doy gracias, Padre del cielo, porque les ha ocultado estas cosas a los sabios, y se las ha revelado a la gente sencilla”. No por casualidad, María en sus apariciones, se manifiesta a los pobres. En Fátima a los tres pastorcitos: Jacinta, María y Francisco. En Lourdes a una pobre campesina: Bernardita. En Guadalupe a un indígena: Juan Diego.
María es solidaria al lado de su hijo que muere en la Cruz. La solidaridad lleva a Dios, a hacerse hombre, en Jesús de Nazaret. La solidaridad de Jesús con Dios y con la humanidad lo lleva a la pasión y a la Cruz. Sus parientes que querían que Jesús fuese a Jerusalén, para ganar en prestigio, no dieron la cara por él.  Los Apóstoles que aspiraban a los primeros puestos, lo dejaron solo.   María, que había aceptado plenamente en su corazón y en su vida al Dios solidario y salvador, estuvo junto a la cruz donde agoniza su hijo, preso por causa de la justicia, torturado y condenado. Se cumple la profecía “a ti una espada te traspasará el corazón”. La madre que da la cara, que no se rinde ante las dificultades sino más bien se engrandece y muestra su altura espiritual, silenciosa, digna, valiente.
Queridas hermanas y hermanos, seamos buenos hijos de Nuestra Señora de los Remedios. Escuchemos el único mandato que nos dejó: “Hagan lo que él les diga”, es decir, cumplamos el mandamiento de Jesús: “ámense los unos a los otros como yo los he amado”, porque en el amor a los demás está la clave de un mundo justo, sigamos su estilo de vida: “he venido a servir y no a ser servido”, “el que quiera ser el primero que se haga el último y servidor de todos”. No nos quejemos ni lamentemos inútilmente, no nos rindamos ante las dificultades diarias. Hagamos algo digno y elevado. Desde nuestra pobreza, fragilidad, limitaciones, podemos hacer algo por el hermano que requiere nuestra ayuda, nuestra desinteresada solidaridad. Transformemos nuestra existencia teniendo a Jesús como modelo y ejemplo vivo y a su valerosa y digna madre como referencia de fe y plenitud espiritual.
Finalmente, el Señor se ha hecho solidario con nosotros, cuando nos dio a María como Madre en la Cruz: “Hijo: he ahí a tu madre”. Recibámosla en nuestros corazones, en nuestras familias, en nuestra comunidad. Invoquémosla, dirijamos a ella nuestra alabanza y veneración. Acudamos a su poderosa intercesión. Pero, sobre todas las cosas, imitémosla, seamos buenos hijos.
Pidámosle a Nuestra Señora de los Remedios que vuelva hacia nosotros sus ojos, llenos de misericordia y de bondad, y nos ayude a amar a nuestros hermanos, como nos lo pidió su hijo Jesús. Amén.


+Ángel Caraballo.
Administrador Apostólico de Cabimas y Obispo Auxiliar de Maracaibo.