sábado, 10 de febrero de 2018

HOMILÍA ORDENACIÓN DIACONAL - CATEDRAL DE MARACAIBO 10-02-2018

HOMILÍA ORDENACIÓN DIACONAL

(Hch. 6, 1-6; Salm. 86; 1Tm 3, 8-13; Lc. 10, 25-37)

Muy apreciado, Monseñor Ubaldo Santana, padre y pastor de esta Iglesia particular.
Muy apreciados sacerdotes concelebrantes y diáconos permanentes presentes.
Muy queridos hijos, que van a ser ordenados diáconos permanentes; queridas esposas, hijos, familiares y amigos.
Muy querido Pueblo de Dios.
A pocos días de iniciar el Santo Tiempo de Cuaresma, el Señor nos ha reunido en el principal Templo de nuestra arquidiócesis, sede del Obispo, para celebrar el Santo Sacrificio del Altar en el cual serán ordenados Wolfang Castellano, Wilfredo Infante, Oseas Andrade, Nolberto Bracho, Edgar Añez y Fernando Urdaneta, por imposición de mis manos y la oración de la Iglesia como diáconos permanentes. Agradezco a monseñor Ubaldo la deferencia que ha tenido con mi persona al solicitarme que presida esta importante celebración.
La ordenación de ustedes representa para nuestra Iglesia una gran alegría y una gran esperanza, pues ustedes representarán ante la comunidad de fieles a Cristo, servidor del Padre, que vino a servir y a no ser servido, y ejercerán su ministerio diaconal en las periferias geográficas y existenciales del territorio arquidiocesano. Allí se encontrarán con los preferidos del Señor, con los cuales él se identificó y a los cuales él anunció el evangelio.
Encomendaremos, en esta eucaristía, a los diáconos que ya han regresado a la casa del Padre Celestial:  Filiberto Prieto y Roardo Torres, que hoy cumple un mes de su partida. Y a los que han tenido que emigrar con sus familias buscando mejores condiciones de vida: Luis Abreu, Rodulfo Reverol, Eddy Valbuena, Gustavo Carrillo y Jorge Monsalve.  A todos ellos, los tendremos muy presentes, pues, no obstante, unos se encuentren ya gozando de la bienaventuranza eterna, otros están predicando el evangelio en otras latitudes, y otros se incorporarán hoy a este colegio, estamos todos unidos por el misterio de la comunión de los santos, a través del cual los que peregrinamos podemos orar por los que se purifican, y quienes alcanzaron la gloria pueden interceder por los que todavía peregrinamos. Todos juntos formamos en Cristo una sola familia, la Iglesia, para alabanza y gloria de la Trinidad.
Queridos hermanos, el diaconado permanente es, ante todo, un don de Dios, pues como hemos escuchado en las lecturas que han sido proclamadas, es Dios que llama, a través de la Iglesia, a hombres que han sido considerados dignos para ejercer ese ministerio.
En la primera lectura, en efecto, los apóstoles, con el fin de atender mejor el ministerio de la caridad, instan a los miembros de la comunidad, a elegir los primeros siete diáconos, y oraron sobre los elegidos, imponiéndoles las manos. Y la segunda lectura señala las cualidades que deben adornar al candidato para el diaconado: hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y saber, dignos, sin doblez, no dado a beber mucho ni a negocios sucios, que guarden el misterio de la fe con una conciencia pura, casados una sola vez, y que gobiernen bien a sus hijos y su propia casa.
El Señor Arzobispo, conjuntamente con el Consejo de Ordenes, han estudiado sus peticiones y han analizado bien sus vidas, llegando a la conclusión que cumplen con los requisitos establecidos en la Palabra de Dios y la Tradición de la Iglesia. Esperamos que la gracia que recibirán en este sacramento acreciente en ustedes todas esas virtudes, para que sean una transparencia de Cristo Servidor y nunca empañen con el mal ejemplo esa imagen.
Cada ministerio, vocación y carisma tiene su origen en Dios, y tiene su ámbito específico de actuación en la vida y en la misión de la Iglesia.
El diácono permanente no es un “presbítero rebajado”, un monaguillo del párroco, ni su ministerio responde principalmente a la falta de vocaciones sacerdotales. Nunca los diáconos podrán sustituir el ministerio del presbítero.
El diácono tampoco es un “laico promovido” para acaparar el trabajo pastoral de los laicos. No se trata de una recompensa, ni mucho menos se le quiere poner como modelo para los laicos.
El Magisterio de la Iglesia, teniendo como base la Sagrada Escritura y la Tradición, señala cuál es el campo propio de los diáconos permanentes. «Así, confortados con la gracia sacramental sirven al pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la Palabra y de la caridad en comunión con el Obispo y el presbítero» (LG 29).
Las funciones diaconales, por tanto, vienen determinadas por la Tradición eclesial, bajo tres aspectos íntimamente unidos:
—La diaconía de la Palabra, que puede tener formas muy diversas: la predicación, la catequesis, la evangelización, especialmente entre aquellos donde la Buena Nueva del Reino de Dios es menos conocida.  
Les recomiendo, queridos diáconos, seguir el consejo del Papa Francisco: “Quien quiera predicar, primero debe estar dispuesto a dejarse conmover por la Palabra y a hacerla carne en su existencia concreta. De esta manera, la predicación consistirá en esa actividad tan intensa y profunda que es comunicar a otros lo que uno ha contemplado. Por todo esto, antes de preparar concretamente lo que uno va a decir en la predicación, primero tiene que aceptar ser herido por esa Palabra que herirá a los demás, porque la Palabra es viva y eficaz como una espada” (EG, 150)
—La diaconía de la Liturgia: desde el principio, el ministerio del diácono ha estado vinculado a la liturgia. En este aspecto, el diácono cumple la función de servir y asistir al Obispo y al presbítero en la celebración litúrgica, especialmente en la Eucaristía, de la cual el diácono debe sacar las fuerzas necesarias para identificarse cada vez más con Cristo Servidor de la comunidad.
—Y se les pedirá, de modo especial, ejercer la diaconía de la caridad a los más pobres. Ustedes han nacido de una necesidad que surgió en la Iglesia naciente: atender en la asistencia diaria a las viudas, que eran parte de los pobres de aquel tiempo.
Serán ustedes los buenos samaritanos, es decir, aquellos que, ante la gran cantidad de personas que yacen en el suelo, a causa del hambre, la enfermedad, la inseguridad, la falta de medicamentos, etc., se conmueven, y se bajan de su estado de confort y placer, se acercan, tocan la miseria y tratan de buscar una solución. Si así lo hacen, estarán cumpliendo el mandato del amor y estarán ejerciendo   genuinamente este ministerio que se les confía.
El Papa Francisco ha insistido constantemente que quiere una Iglesia pobre y para los pobres, pues así siempre la quiso Nuestro Señor Jesucristo. “Abramos –dice el Papa Francisco-nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslo a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad”’ (MV. 15).
Queridos candidatos al diaconado, para cumplir fielmente la misión que se les encomienda, cuentan con la ayuda invalorable e insustituible de sus esposas y de sus hijos. Los dos sacramentos, matrimonio y diaconado, no sólo son compatibles, sino que aportarán fuerza y hondura a su vida familiar y personal. Para la esposa del diácono, la segunda vocación a la que ha sido llamado su esposo, es una opción personal (no sacramental) y así vive el diaconado como una realidad personal. La santificación en el matrimonio y en el diaconado es para la pareja conjunta. Los dos avanzando en el camino hacia el Señor. La esposa da su consentimiento primero en el matrimonio y después para el diaconado. Este “sí” se convierte en compromiso de la esposa, porque en cierta manera trabaja a la par del esposo diácono.
Queridos hijos, en el corazón de ustedes, deben tener un puesto privilegiado la Palabra de Dios, la Eucaristía y los Pobres. Estas tres realidades deben constituir el tesoro y amor de sus vidas. La Palabra les llevará al conocimiento profundo de un Dios que quiso darse a conocer a la humanidad y quiso indicarnos el camino para ser plenamente felices. La Eucaristía que es el alimento indispensable del servidor, pues sin él nada podemos hacer. Y los pobres, que son la prolongación de la Encarnación para cada uno de nosotros, como nos lo recuerda Jesús: “lo que hicieron a cada uno de estos mis pequeños, lo hicieron a mi” (Mt. 25,40).
Otro gran tesoro es la Santísima Virgen Madre, la servidora fiel y obediente a los designios de Dios, el gran regalo que Jesús nos hizo en el momento en que iba a ofrecerse en sacrificio por todos. Los encomiendo a su maternal protección. Que ella se muestre hacia ustedes como madre, llena de piedad y amor. Amén.


+Ángel Caraballo
Administrador Apostólico de Cabimas y Obispo Auxiliar de Maracaibo



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