HOMILÍA ORDENACIÓN DIACONAL
(Hch. 6, 1-6; Salm. 86; 1Tm 3, 8-13; Lc. 10, 25-37)
Muy
apreciado, Monseñor Ubaldo Santana, padre y pastor de esta Iglesia particular.
Muy
apreciados sacerdotes concelebrantes y diáconos permanentes presentes.
Muy
queridos hijos, que van a ser ordenados diáconos permanentes; queridas esposas,
hijos, familiares y amigos.
Muy
querido Pueblo de Dios.
A
pocos días de iniciar el Santo Tiempo de Cuaresma, el Señor nos ha reunido en
el principal Templo de nuestra arquidiócesis, sede del Obispo, para celebrar el
Santo Sacrificio del Altar en el cual serán ordenados Wolfang Castellano,
Wilfredo Infante, Oseas Andrade, Nolberto Bracho, Edgar Añez y Fernando
Urdaneta, por imposición de mis manos y la oración de la Iglesia como diáconos
permanentes. Agradezco a monseñor Ubaldo la deferencia que ha tenido con mi
persona al solicitarme que presida esta importante celebración.
La
ordenación de ustedes representa para nuestra Iglesia una gran alegría y una
gran esperanza, pues ustedes representarán ante la comunidad de fieles a
Cristo, servidor del Padre, que vino a
servir y a no ser servido, y ejercerán su ministerio diaconal en las
periferias geográficas y existenciales del territorio arquidiocesano. Allí se
encontrarán con los preferidos del Señor, con los cuales él se identificó y a
los cuales él anunció el evangelio.
Encomendaremos,
en esta eucaristía, a los diáconos que ya han regresado a la casa del Padre Celestial: Filiberto Prieto y Roardo Torres, que hoy
cumple un mes de su partida. Y a los que han tenido que emigrar con sus
familias buscando mejores condiciones de vida: Luis Abreu, Rodulfo Reverol,
Eddy Valbuena, Gustavo Carrillo y Jorge Monsalve. A todos ellos, los tendremos muy presentes,
pues, no obstante, unos se encuentren ya gozando de la bienaventuranza eterna,
otros están predicando el evangelio en otras latitudes, y otros se incorporarán
hoy a este colegio, estamos todos unidos por el misterio de la comunión de los
santos, a través del cual los que peregrinamos podemos orar por los que se
purifican, y quienes alcanzaron la gloria pueden interceder por los que todavía
peregrinamos. Todos juntos formamos en Cristo una sola familia, la Iglesia,
para alabanza y gloria de la Trinidad.
Queridos
hermanos, el diaconado permanente es, ante todo, un don de Dios, pues como
hemos escuchado en las lecturas que han sido proclamadas, es Dios que llama, a
través de la Iglesia, a hombres que han sido considerados dignos para ejercer
ese ministerio.
En la
primera lectura, en efecto, los apóstoles, con el fin de atender mejor el
ministerio de la caridad, instan a los miembros de la comunidad, a elegir los
primeros siete diáconos, y oraron sobre los elegidos, imponiéndoles las manos.
Y la segunda lectura señala las cualidades que deben adornar al candidato para
el diaconado: hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y saber, dignos, sin
doblez, no dado a beber mucho ni a negocios sucios, que guarden el misterio de
la fe con una conciencia pura, casados una sola vez, y que gobiernen bien a sus
hijos y su propia casa.
El
Señor Arzobispo, conjuntamente con el Consejo de Ordenes, han estudiado sus
peticiones y han analizado bien sus vidas, llegando a la conclusión que cumplen
con los requisitos establecidos en la Palabra de Dios y la Tradición de la
Iglesia. Esperamos que la gracia que recibirán en este sacramento acreciente en
ustedes todas esas virtudes, para que sean una transparencia de Cristo Servidor
y nunca empañen con el mal ejemplo esa imagen.
Cada
ministerio, vocación y carisma tiene su origen en Dios, y tiene su ámbito
específico de actuación en la vida y en la misión de la Iglesia.
El
diácono permanente no es un “presbítero
rebajado”, un monaguillo del párroco, ni su ministerio responde principalmente
a la falta de vocaciones sacerdotales. Nunca los diáconos podrán sustituir el
ministerio del presbítero.
El
diácono tampoco es un “laico promovido”
para acaparar el trabajo pastoral de los laicos. No se trata de una recompensa,
ni mucho menos se le quiere poner como modelo para los laicos.
El
Magisterio de la Iglesia, teniendo como base la Sagrada Escritura y la
Tradición, señala cuál es el campo propio de los diáconos permanentes. «Así, confortados con la gracia sacramental
sirven al pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la Palabra y de la
caridad en comunión con el Obispo y el presbítero» (LG 29).
Las
funciones diaconales, por tanto, vienen determinadas por la Tradición eclesial,
bajo tres aspectos íntimamente unidos:
—La
diaconía de la Palabra, que puede tener formas muy diversas: la predicación, la
catequesis, la evangelización, especialmente entre aquellos donde la Buena
Nueva del Reino de Dios es menos conocida.
Les
recomiendo, queridos diáconos, seguir el consejo del Papa Francisco: “Quien quiera predicar, primero debe estar
dispuesto a dejarse conmover por la Palabra y a hacerla carne en su existencia
concreta. De esta manera, la predicación consistirá en esa actividad tan
intensa y profunda que es comunicar a otros lo que uno ha contemplado. Por todo
esto, antes de preparar concretamente lo que uno va a decir en la predicación,
primero tiene que aceptar ser herido por esa Palabra que herirá a los demás,
porque la Palabra es viva y eficaz como una espada” (EG, 150)
—La
diaconía de la Liturgia: desde el principio, el ministerio del diácono ha
estado vinculado a la liturgia. En este aspecto, el diácono cumple la función
de servir y asistir al Obispo y al presbítero en la celebración litúrgica,
especialmente en la Eucaristía, de la cual el diácono debe sacar las fuerzas
necesarias para identificarse cada vez más con Cristo Servidor de la comunidad.
—Y se
les pedirá, de modo especial, ejercer la diaconía de la caridad a los más
pobres. Ustedes han nacido de una necesidad que surgió en la Iglesia naciente:
atender en la asistencia diaria a las viudas, que eran parte de los pobres de
aquel tiempo.
Serán
ustedes los buenos samaritanos, es decir, aquellos que, ante la gran cantidad
de personas que yacen en el suelo, a causa del hambre, la enfermedad, la
inseguridad, la falta de medicamentos, etc., se conmueven, y se bajan de su
estado de confort y placer, se acercan, tocan la miseria y tratan de buscar una
solución. Si así lo hacen, estarán cumpliendo el mandato del amor y estarán
ejerciendo genuinamente este ministerio
que se les confía.
El
Papa Francisco ha insistido constantemente que quiere una Iglesia pobre y para
los pobres, pues así siempre la quiso Nuestro Señor Jesucristo. “Abramos –dice el Papa Francisco-nuestros
ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y
hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito
de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslo a nosotros para
que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad”’
(MV. 15).
Queridos
candidatos al diaconado, para cumplir fielmente la misión que se les
encomienda, cuentan con la ayuda invalorable e insustituible de sus esposas y
de sus hijos. Los dos sacramentos, matrimonio y diaconado, no sólo son
compatibles, sino que aportarán fuerza y hondura a su vida familiar y personal.
Para la esposa del diácono, la segunda vocación a la que ha sido llamado su
esposo, es una opción personal (no sacramental) y así vive el diaconado como
una realidad personal. La santificación en el matrimonio y en el diaconado es
para la pareja conjunta. Los dos avanzando en el camino hacia el Señor. La
esposa da su consentimiento primero en el matrimonio y después para el
diaconado. Este “sí” se convierte en compromiso de la esposa, porque en cierta
manera trabaja a la par del esposo diácono.
Queridos
hijos, en el corazón de ustedes, deben tener un puesto privilegiado la Palabra
de Dios, la Eucaristía y los Pobres. Estas tres realidades deben constituir el
tesoro y amor de sus vidas. La Palabra les llevará al conocimiento profundo de
un Dios que quiso darse a conocer a la humanidad y quiso indicarnos el camino
para ser plenamente felices. La Eucaristía que es el alimento indispensable del
servidor, pues sin él nada podemos hacer. Y los pobres, que son la prolongación
de la Encarnación para cada uno de nosotros, como nos lo recuerda Jesús: “lo que hicieron a cada uno de estos mis
pequeños, lo hicieron a mi” (Mt. 25,40).
Otro
gran tesoro es la Santísima Virgen Madre, la servidora fiel y obediente a los
designios de Dios, el gran regalo que Jesús nos hizo en el momento en que iba a
ofrecerse en sacrificio por todos. Los encomiendo a su maternal protección. Que
ella se muestre hacia ustedes como madre, llena de piedad
y amor. Amén.
+Ángel
Caraballo
Administrador
Apostólico de Cabimas y Obispo Auxiliar de Maracaibo

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