I DOMINGO DE CUARESMA
(Génesis 9, 8-15; 1 Pedro 3,
18-22; Marcos 1, 12-15)
Muy
apreciado pueblo de Dios,
Hace
apenas algunos días, el miércoles de cenizas, cuando iniciamos la Cuaresma,
recordamos las practicas propias de este tiempo: la oración, el ayuno y la limosna,
las cuales nos prepararán para celebrar la gloriosa resurrección de Nuestro
Señor Jesucristo.
Hoy,
la liturgia de la palabra nos invita a meditar sobre una de esas prácticas: la
oración. Dice el Evangelista que ‘’el
Espíritu Santo empujó a Jesús al desierto’’. El desierto, entre los muchos significados
que tiene en la Sagrada Escritura, significa: lugar de silencio, que nos
permite el encuentro con el Señor; austeridad, ausencia de toda cosa superflua.
Dice
el Papa Benedicto XVI que “reflexionar
sobre las tentaciones a las que es sometido Jesús en el desierto es una
invitación a cada uno de nosotros para responder a una pregunta fundamental:
¿qué cuenta de verdad en mi vida?», y una de las cosas fundamentales, sin
la cual no podemos vivir, es la oración. Esa ha sido la experiencia de los grandes
santos: “aquel que ora ciertamente se
salva, y quien no ora, ciertamente se condena”, decía San Alfonso María. Y
Santo Cura de Ars: “todos los males que
nos agobian en la tierra vienen precisamente de que no oramos o lo hacemos mal”
Llama
poderosamente la atención que Jesús, después de haber recibido el bautismo en
el Jordán, momento en el que fue proclamado Hijo Amado en el cual el Padre
tiene todas sus complacencias, y haber recibido el mandato de llevar la Buena
Nueva a los pobres, sanar los corazones afligidos y predicar el reino, no se
apresura a cumplir esa misión, sino que obedece al Espíritu, ora, medita, ayuna
y lucha. Todo esto en una profunda soledad y silencio.
No
es de extrañarnos, porque esta fue la conducta que Jesús asumió durante toda su
vida, puesto que para él ‘’su manjar, su
delicia era cumplir la voluntad del que lo había mandado”, y sólo lo podía
hacer si estaba muy unido a su Padre.
En
efecto, Jesús, iniciaba su jornada, retirándose a un lugar tranquilo y solo a
orar, porque sabía que durante el día tendría que estar ocupado en las cosas
del Padre. En muchas ocasiones, se separaba de los hombres y se refugiaba a
solas en un trato íntimo con aquel que le había enviado. Y cuando debía tomar
una decisión importante, por ejemplo, cuando eligió a los doce apóstoles y la
noche antes de entregar su vida por nosotros, pasó toda la noche en vigilia,
pidiéndole al Creador que lo iluminara, que lo consolara y que la diera las
fuerzas necesarias para emprender lo que su Padre le pedía.
El
cristiano, cual seguidor de Jesús, debe imitar este ejemplo. No se concibe a un
cristiano que ponga objeciones para no orar, que se justifique diciendo que
tiene mucho trabajo, o deje la oración en un segundo plano, o simplemente que
ella desaparezca de su vida. En la
actualidad, estamos muy acostumbrados a la imagen, al sonido, al alboroto, al
trabajo frenético, y nos cuesta ponernos delante del Sagrario para escuchar a
Jesús. Y, por eso, somos esclavos de nuestros vicios y pecados. Por esa razón
tenemos vacíos y temores en nuestra existencia.
Se
repite, de algún modo, lo que le sucedió al pueblo de Dios en Egipto, cuando el
Faraón mandó a sus ministros: «Que se
aumente el trabajo de estos hombres para que estén ocupados en él, de forma que
no presten oído a las palabras de Moisés y no piensen en sustraerse de la
esclavitud» (Ex 5, 9). Los «faraones» de hoy dicen, de modo tácito y
explicito, a través de los medios de comunicación social y las redes sociales, ordenan
que se aumente el alboroto sobre la gente, que les aturda, para que no piensen,
no decidan por su cuenta, sino que sigan la moda, la ideología, compren lo que
ellos quieren, consuman los productos que ellos ofrecen, para que de esta
manera se olviden de sí mismos y de su Creador.
San
Juan Pablo II, instaba a los fieles: “¡No
dejéis de orar! ¡Que no pase un día sin que hayan orado un poco! ¡La oración es
un deber, pero también es una gran alegría, porque es un diálogo con Dios por
medio de Jesucristo! ¡Cada domingo, la Santa Misa, y, si es posible, alguna vez
durante la semana; ¡cada día, las oraciones de la mañana y de la noche, y en
los momentos más oportunos!”.
Si
estamos unidos al Señor, podremos, como Jesús, vencer las tentaciones que nos
presentan los enemigos del alma: el mundo, la carne y el demonio. Hoy, el
Evangelio, nos habla también del gran tentador de la humanidad, el demonio, que
quiere apartar a los hombres del camino de Dios. El no cansa ni descansa, como
dice Benedicto XVI. Él trabaja las 24 horas al día, los 7 días de la
semana. Cesa su trabajo con nosotros cuando morimos.
Jesús
precisamente venció al demonio por la fuerza espiritual, que consiguió en la
oración, porque vivió de la palabra del Señor, nunca se expuso temerariamente a
los peligros y solamente adoró a su Padre.
Viendo
los acontecimientos de estos días en nuestra querida Venezuela, podemos decir
que el diablo, oscureciendo la mente de muchos, y alimentando sus aspiraciones
mezquinas, está haciendo estragos y destruyendo la convivencia social. Nos
estamos matando los venezolanos, no hay diálogo, no hay respeto por la forma de
pensar del hermano, hay todo tipo de agresión física y verbal, descrédito,
mentiras y engaños. Existe un clima donde prospera la desunión y la maldad,
señales y claves de que nos estamos alejando de la luminosidad del Señor y
cayendo en las trampas y ofertas del maligno.
Satanás,
a través de gente inescrupulosa y que le rinde tributo, está
profanando los cementerios, sacando los restos mortales de nuestros seres
queridos para hacer todo tipo de maleficios y hechizos, ofendiendo y atacando
la fe del pueblo. Satanás, a través de juegos como la ouija, Charli-Charli, la
ballena azul, está llevando a muchos jóvenes a la muerte, la desesperación y la
locura.
Queridos
hermanos: ¡tengamos cuidados con ese ser siniestro! Existe, y todavía actúa,
usando sus armas: la astucia, el engaño, el desaliento, la intriga. Nos dice
San Agustín para consolarnos, “que el
demonio es un gran perro encadenado, que acosa, que mete mucho ruido, pero que
solamente muerde a quienes se les acerca demasiado”. (Santo Cura de Ars)
Querido
hermano, no te dejes seducir por el demonio. No permitas que el desaliento, la
amargura, la desesperanza, la frustración, reine en tu corazón. Comparto con
ustedes esta fábula que nos ayudará a comprender lo que he dicho más arriba:
Cierta vez corrió la voz de que el diablo se retiraba de los negocios y vendía
sus herramientas al mejor postor. En la noche de la venta, estaban todas las
herramientas dispuestas en forma que llamaran la atención, y por cierto era un
lote siniestro: Odio, celos, envidia, malicia, engaño, placeres, excesos, ...
además de todos los implementos del mal.
Pero
un tanto apartado del resto, había un instrumento de forma inofensiva, muy
gastado, como si hubiese sido usado muchísimas veces y cuyo precio, sin
embargo, era el más alto de todos. Alguien le preguntó al diablo cuál era el
nombre de la herramienta. "Desaliento", fue la respuesta. "¿Por
qué su precio es tan alto?", le preguntaron. "Porque ese Instrumento
-respondió el diablo- me es más útil que cualquier otro; puedo entrar en la
conciencia de un ser humano cuando todos los demás me fallan y, una vez
adentro, por medio del desaliento, puedo hacer de esa persona lo que se me antoja.
Está muy gastado porque lo uso casi con todo el mundo y, como muy pocas
personas saben que me pertenece, puedo abusar de él"
El precio de desaliento era tan, pero tan
alto, que aún sigue siendo propiedad del diablo... El desaliento es uno de los
estados de ánimo contra el cual es indispensable fortalecerse. Nos desalentamos
con la situación económica, con nuestro trabajo, con nuestra familia, con la
necesidad de cambio, con los grupos de amigos, con el engaño, con la mentira,
con el desamor... Debemos mantenemos alertas contra el desaliento. Si se
presenta un tropezón o una caída no hay que entregarse. Después de cada caiga
se empieza, otra vez, desde un punto más alto. Digamos como San Pablo en
Segunda de Corintios (2da. Corintios 4:8-9): “...estamos atribulados en todo, más no angustiados; en apuros, más no
desesperados”.
Si
somos fieles a nuestra oración diaria, si recibimos frecuentemente los
sacramentos, tendremos fuerza espiritual para resistir y superar las
tentaciones del Maligno.
Le
pedimos a Papa Dios “líbranos del mal”,
“aparta de mí lo que me aparte de ti”.
Arcángel San Miguel, “defiéndenos en la
lucha, sé nuestro amparo contra la maldad y las asechanzas del demonio” Que
María Santísima, por su constante intercesión, nos ayude a salir victoriosos de
este combate. Amén
+Mons. Ángel Caraballo
Administrador Apostólico de Cabimas y Obispo Auxiliar de Maracaibo
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