jueves, 1 de febrero de 2018

HOMILÍA DE NUESTRA SEÑORA DE RIOHACHA - PRIMERA VÍSPERAS - 01/02/2.018.

PRIMERA VÍSPERAS.
HOMILÍA DE NUESTRA SEÑORA DE RIOHACHA.
01/02/2.018.


Excelentísimo Mons.
Muy apreciados hermanos en el sacerdocio
Queridos religiosos y religiosas
Amado Pueblo de Dios.

Doy gracias a Dios, por haberme dado la oportunidad de celebrar esta Eucaristía con ustedes, víspera de Nuestra Señora de los Remedios. Agradezco de corazón a Mons. Héctor Zalah Zuleta, obispo de esta diócesis, al padre Jefferson, vicario general y párroco de esta comunidad parroquial.
Permítanme iniciar esta homilía con las palabras de la Santísima Virgen María: “Mi alma proclama al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su sierva”
Las lecturas que han sido proclamadas en este día nos invitan a preguntarnos sobre María. ¿Por qué los católicos la veneramos? ¿Por qué acudimos a su poderosa intercesión?, si la Biblia dice que “hay un solo mediador entre Dios y los hombres, y ese es Cristo Jesús que murió por nuestros pecados” (1Tm. 2, 5), “que Dios es un Dios celoso y no comparte su gloria con ningún mortal” (Ex. 20, 5). Y es necesario hacerlo para formar a nuestro pueblo fiel y así despejar dudas sobre la auténtica devoción a María. Miembros de Iglesias y sectas religiosas afirman que los católicos somos adoradores y, por consiguiente, idolatras, por la fuerte devoción a María. Pero, lamentablemente, dentro de los que tienen formación religiosa, reducen la devoción a María a un mero sentimentalismo, o la consideran una diosa, con poderes extraordinarios y mágicos, capaz de hacer milagros y portentos en todos los órdenes.

Pero no es así. La Iglesia siempre nos ha enseñado que María, después de Dios, ocupa un puesto importante en la vida de los creyentes por un hecho de fe: ella es la madre de Dios, de Jesús, perfecto hombre y perfecto Dios, que murió y resucitó por nosotros para darnos vida eterna. A María le rendimos el culto de especial veneración, hiperdulía, por su singular participación en nuestra redención. Ya el arcángel San Gabriel le rindió esa alabanza al decir “Alégrate, María, llena eres de Gracia, el Señor es contigo”. Y su prima Isabel, al recibirla en su casa, exclamó: ¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a visitarme?, Dichosa tu porque has creído, Bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. Y la misma María lo reconoció cuando cantó con alegría: “me llamarán bienaventurada todas las generaciones porque el Señor ha hecho en mí grandes maravillas” (Lc. 1, 48,49). La Iglesia, todos nosotros, lo que hemos hecho desde sus inicios es reconocer las maravillas que el mismo Dios realizó en ella. Por eso, la Iglesia insistentemente ha motivado a sus hijos a que le rindan culto a María, especialmente el litúrgico, pidiendo “que se abstengan con cuidado de toda falsa exageración como también de una excesiva estrechez de espíritu, al considerar la singular dignidad de la madre de Dios” (L.G 67).
Rendir culto no se limita a expresar con nuestras oraciones, cantos, asistir a las procesiones, llevar su escapulario, prender velas y colocar flores ante sus imágenes, para manifestar nuestro amor y piedad. Va más allá. Significa que glorifiquemos a la Madre de nuestro Salvador con nuestras propias vidas, que seamos buenos hijos, que nos parezcamos a ella, que transparentemos en nuestras vidas sus virtudes y esa sencilla aceptación de la voluntad del Altísimo. Si no llegamos a este punto, nuestra devoción será vacía, no meritoria, dignos de aquella que reprensión que leemos en el profeta Isaías “este pueblo me alaba con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Is. 20, 13).
Una de las virtudes que resaltan en la vida de la Santísima Virgen María y que tanto hace falta en el contexto político, social y económico que estamos viviendo en el mundo es la solidaridad. El Papa Francisco la definió como la "palabra clave de Evangelio" pero que "está mal visto" y da "miedo" en el mundo y también a veces en la Iglesia. “En la Iglesia, pero también en la sociedad una palabra clave que no debemos temer es "solidaridad": es decir saber poner a disposición de Dios y de nuestros hermanos lo que tenemos, nuestras humildes capacidades, porque sólo compartiendo, donando, nuestra vida será fecunda, dará frutos".
Si leemos cuidadosamente los pasajes de la vida de María en el Evangelio nos daremos cuenta que María vivió esta virtud en grado heroico, y fue modelo para su hijo y sus paisanos.
María fue solidaria con Dios. Ante el anuncio del Arcángel que ella sería la Madre de Jesús, ella respondió con obediencia y libertad: “aquí está eslava del Señor, cúmplase en mí lo que has dicho” (Lc. 1, 38), y, a partir de ese momento “Dios se hizo hombre” y vino a vivir para siempre con nosotros.
María fue solidaria con la humanidad. Ante la noticia de que su “prima Isabel, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y la que decían estéril está ya de seis meses: para Dios no hay imposibles” (Lc. 1, 36-37), María decidió ponerse en camino inmediatamente para ir a ayudarla.
María no se queda extasiada, fuera de sí por la alegría. No permanece inactiva, embelesada en su mundo de mujer joven que necesita cariño, conforto, mimos y cuidados especiales. No se lanza a gritar a cuatro vientos su privilegio de que en ella se cumplían todas las profecías. María se olvida de sí misma, sale de Nazaret en carreta, a toda prisa, a la montaña, a unos 120 Km, porque ella, a semejanza de su hijo, vino a servir y no a ser servida.
María es solidaria y cree en el Dios solidario con los pobres y los humildes. En su canto de alabanza a Dios afirma “su brazo interviene con fuerza, desbarata los planes de los soberbios, derriba de trono a los poderosos y exalta a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacío” (Lc. 1, 51-53). Es decir que el Dios de María, el único Dios vivo y verdadero, no está a favor de los soberbios que se creen más que los demás, ni de los ricos, insensibles a la miseria de los pobres, y buscan por todos los medios enriquecerse, acumular bienes sin respetar la justicia, y mucho menos con los poderosos que quieren someter a los hijos de Dios.  El Dios Santo y Todopoderoso de María es solidario y está a favor de los humildes, de los humillados y de los pobres. Ya lo expresaría el Humilde carpintero de Nazaret, el verbo hecho carne, al dirigirse a su Padre diciéndolo “Te doy gracias, Padre del cielo, porque les ha ocultado estas cosas a los sabios, y se las ha revelado a la gente sencilla”. No por casualidad, María en sus apariciones, se manifiesta a los pobres. En Fátima a los tres pastorcitos: Jacinta, María y Francisco. En Lourdes a una pobre campesina: Bernardita. En Guadalupe a un indígena: Juan Diego.
María es solidaria al lado de su hijo que muere en la Cruz. La solidaridad lleva a Dios, a hacerse hombre, en Jesús de Nazaret. La solidaridad de Jesús con Dios y con la humanidad lo lleva a la pasión y a la Cruz. Sus parientes que querían que Jesús fuese a Jerusalén, para ganar en prestigio, no dieron la cara por él.  Los Apóstoles que aspiraban a los primeros puestos, lo dejaron solo.   María, que había aceptado plenamente en su corazón y en su vida al Dios solidario y salvador, estuvo junto a la cruz donde agoniza su hijo, preso por causa de la justicia, torturado y condenado. Se cumple la profecía “a ti una espada te traspasará el corazón”. La madre que da la cara, que no se rinde ante las dificultades sino más bien se engrandece y muestra su altura espiritual, silenciosa, digna, valiente.
Queridas hermanas y hermanos, seamos buenos hijos de Nuestra Señora de los Remedios. Escuchemos el único mandato que nos dejó: “Hagan lo que él les diga”, es decir, cumplamos el mandamiento de Jesús: “ámense los unos a los otros como yo los he amado”, porque en el amor a los demás está la clave de un mundo justo, sigamos su estilo de vida: “he venido a servir y no a ser servido”, “el que quiera ser el primero que se haga el último y servidor de todos”. No nos quejemos ni lamentemos inútilmente, no nos rindamos ante las dificultades diarias. Hagamos algo digno y elevado. Desde nuestra pobreza, fragilidad, limitaciones, podemos hacer algo por el hermano que requiere nuestra ayuda, nuestra desinteresada solidaridad. Transformemos nuestra existencia teniendo a Jesús como modelo y ejemplo vivo y a su valerosa y digna madre como referencia de fe y plenitud espiritual.
Finalmente, el Señor se ha hecho solidario con nosotros, cuando nos dio a María como Madre en la Cruz: “Hijo: he ahí a tu madre”. Recibámosla en nuestros corazones, en nuestras familias, en nuestra comunidad. Invoquémosla, dirijamos a ella nuestra alabanza y veneración. Acudamos a su poderosa intercesión. Pero, sobre todas las cosas, imitémosla, seamos buenos hijos.
Pidámosle a Nuestra Señora de los Remedios que vuelva hacia nosotros sus ojos, llenos de misericordia y de bondad, y nos ayude a amar a nuestros hermanos, como nos lo pidió su hijo Jesús. Amén.


+Ángel Caraballo.
Administrador Apostólico de Cabimas y Obispo Auxiliar de Maracaibo.


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