sábado, 9 de junio de 2018

HOMILÍA CON OCASIÓN DE LA ORDENACIÓN DIACONAL DE DAINER PRIETO Y RENZO GOTERA

HOMILÍA DEL EXCMO. MONS. ANGEL CARABALLO, CON OCASIÓN DE LA ORDENACIÓN DIACONAL DE DAINER PRIETO Y RENZO GOTERA, EN LA PARROQUIA “LA CONSOLACIÓN”
¡Queridos candidatos a la ordenación diaconal!
¡Queridos hermanas y hermanos en el Señor!
Como Iglesia, nos alegramos y bendecimos al Señor, fuente de todos los dones y beneficios, por este gran regalo que nos hace. Dainer Prieto y Renzo Gotera, dos jóvenes que han respondido con generosidad al llamado de Dios, hoy recibirán, por mis manos, la ordenación sacerdotal, en el grado del diaconado.
Represento en este momento al Administrador Apostólico, mons. Ubaldo Santana, quien por prescripción médica no ha podido venir. Él les envía su saludo, y los encomendará especialmente en la Santa Misa y en su oración.
El Consejo de Ordenes de la Arquidiócesis, habiendo recibido la petición de ustedes para acceder a este sacramento, y habiendo obtenido el parecer positivo de los formadores y de la comunidad cristiana, ha considerado que ustedes están adornados de las virtudes y están capacitados para ejercer este ministerio, el cual les preparará para recibir, en un futuro próximo, el presbiterado.
Al igual que aquellos varones elegidos por los apóstoles para el ministerio de la caridad, también ustedes deben dar testimonio del bien, llenos del Espíritu Santo y del gusto por las cosas de Dios, como lo hizo Jesús, el servidor por excelencia, el cual vino a dar su vida, por nuestra salvación, como ha sido proclamado en la palabra que acabamos de escuchar.
Saben ustedes que la vocación sacerdotal, como toda vocación, es un llamado divino que reclama una respuesta humana. “San Juan Pablo II, en su libro “Don y Misterio’, que escribió con motivo de sus bodas de oro sacerdotales, afirma: “El Sacerdocio es don y misterio. ¿Cuál es la historia de mi vocación sacerdotal? La conoce sobre todo Dios. En su dimensión más profunda, toda vocación sacerdotal es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre. Cada uno de nosotros sacerdotes lo experimenta claramente durante toda la vida. Ante la grandeza de este don sentimos cuan indignos somos de ello”.
Ese llamamiento divino, puede darse de tres modos: Uno, cuando nos llama Dios directamente, es el caso de los grandes personajes de la Historia de la Salvación: Jeremías, Isaías, la Santísima Virgen María, San Pablo.
Otro, cuando nos llama por medio de los hombres. Las primeras vocaciones en la Iglesia surgieron gracias al testimonio de otros. La vocación de Pedro pasa a través del testimonio de Andrés, el cual después de haber encontrado al maestro, y haber respondido a la invitación de permanecer con Él, siente la necesidad de comunicarle inmediatamente lo que había descubierto en su encuentro con el Señor. Lo mismo sucede con Natanael, Bartolomé, que siguió a Jesús, gracias al testimonio de le dio Felipe.
Y el tercer modo, cuando lo hace por medio de la necesidad, por ejemplo, el de la Madre Teresa de Calcuta que, al ver la pobreza extrema de la gente, sintió la voz del Señor, que le decía “Tengo sed”, y se entregó a servir los más pobres entre los pobres, o a los descartados de la sociedad, como dice el Papa Francisco.
¿Y cómo el Señor los llamó a ustedes? Permítanme, compartir con los aquí presente, el relato de su vocación.
Dainer, me comentaste que “’terminando el bachillerato, me tocó asumir la conducción del movimiento Paz y Bien, fundado por las hermanas franciscanas de los Sagrados Corazones de Jesús y María.
Poco formado me encontraba para poder dirigir el grupo, por lo cual me motivé a formarme por diversos medios, cada vez me acercaba mucho más a la Iglesia y poco a poco me fui identificando con la figura del sacerdote. Hasta que un día en la Eucaristía dominical de la capilla filial de mi parroquia San Francisco de Asís, durante el momento de la comunión, escuché la llamada del Señor concretamente para seguirle desde la vocación sacerdotal y celebrar un día yo mismo la Eucaristía.
Ese año se realizó una peregrinación de la cruz vocacional por diversas parroquias, y como miembro de la pastoral juvenil de mi parroquia, me tocó organizar la visita, lo cual sirvió como excusa perfecta para profundizar en la vocación sin que nadie sospechará. De esta manera siguió mi discernimiento, al principio con muchos miedos y temores, lloraba mucho en las noches, hasta que encontré un escapulario y comencé a rezar el rosario sin saberme los misterios, eso me calmaba y fortalecía el discernimiento”’
Renzo, me comentaste que “Mi inquietud vocacional comenzó a la edad de 15 de años. Fui descubriéndome cada vez más atraído por la vida sacerdotal (desde los 12 años era servidor del altar). Me volví un ávido lector de la vida de los santos, y causaron en mi un gran impacto las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer (particularmente en su libro Camino) y el relato vocacional de San Juan Pablo II (contenido en su libro Don y Misterio que tuve la fortuna de leer a los 15 años).
Pronto me di cuenta que de muchas maneras Dios me había preservado de tener una vida disipada y superficial como muchos de mis amigos, y la posibilidad de entrar al seminario generaba una fuerte ilusión en los años que terminaba el bachillerato.
Por aquel entonces comencé dirección Espiritual y un proceso de discernimiento vocacional en el oratorio del padre Rafael Márquez, (lugar en el que, por cierto, conocí a Dainer quien llegó a ese lugar con la misma inquietud).
Como pueden ver, hermanos, en sus procesos vocacionales, han intervenido Dios, los intermediarios y la necesidad que han visto de formarse bien, de descubrir el plan de Dios en sus vidas, de ayudar a otros a acercarse a Jesús y la exigencia de no conformarse con vivir mediocremente, sino buscar ardientemente la santidad a la que nos ha llamado el Señor.
Bendigo al Señor, por la oportunidad que me ha dado de presidir esta celebración y de imponerles las manos. Desde que llegue a esta tierra de gracia, hace ya cinco años, he tenido la oportunidad de verlos madurar en su vocación, de compartir con ustedes, de escuchar sus inquietudes y confidencias, y de ser testigo de la ilusión que les embarga, porque, hoy, darán un paso más en su configuración a Cristo.
Ustedes, aunque distintos, en su porte externo y carácter, tienen muchas semejanzas; son jóvenes, de apenas 25 años de edad; han ingresado juntos al seminario; se quieren como hermanos, aunque a veces discuten fuertemente; son inteligentes, y sus calificaciones así lo demuestra; les preocupa grandemente la situación vocacional de la arquidiócesis: un presbiterio, que va envejeciendo, sacerdotes que van a servir a otras iglesias y pocos seminaristas; y tienen una gran devoción al Inmaculado Corazón de María, cuya fiesta celebramos hoy, y a la cual ustedes han consagrado su vocación.
Si les digo esto, no es para que se vanaglorien y crean que es por mérito de ustedes, sino para que digan, como el salmista “no a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre, la gloria”; y para decirle al Pueblo de Dios, aquí presente, que le entregaremos dos diáconos, dispuestos a desempeñar, con humildad y amor, en plena sintonía con el presbiterio y el obispo, el ministerio de la caridad.
Queridos Dainer y Renzo, les encomiendo especialmente que, como vienen haciendo, promuevan, entre los jóvenes, la vocación sacerdotal. Un ministro enamorado de su vocación atrae de modo espontaneo a otros jóvenes a la misma. La vida feliz, plena, totalmente realizada de un ministro sagrado es un poderoso testimonio para que otros se sientan atraídos. Por lo demás, un joven llevado al Seminario es un refuerzo para la propia vocación.
¿Cómo hacerlo?
. En primer lugar, debemos confiar en la promesa de Jesús: “Oren al dueño de la mies que envié trabajadores a sus campos”. A partir de hoy, asumirán el compromiso de recitar la liturgia de las horas, oración oficial de la Iglesia. Que, en las distintas horas del día, cuando reciten la hora correspondiente, salga de sus labios, esa petición, corta y precisa: Señor, danos muchos santos sacerdotes.
. En segundo lugar, sean auténticos, íntegros, vivan plenamente el ministerio que se les confía. Pues el testimonio, arrastra. Para que aumenten las vocaciones en nuestra iglesia “simplemente hay que amar el propio sacerdocio. Hay que comprometerse uno así mismo para que de esta manera la verdad sobre el sacerdocio ministerial se haga atrayente para los demás” (San Juan Pablo II).
El mal ejemplo de un sacerdote puede causar verdaderos estragos en la Iglesia, pero el buen ejemplo, en cambio, hace un bien inmenso. Recuerden que no basta ser buenos, hay que parecerlo, y así como ser malos y parecer buenos es hipocresía, ser buenos y no parecerlo es estupidez. Traten de dar buen ejemplo, con sinceridad de vida, de modo que su vida cotidiana sea consecuencia natural de su unión personal con Cristo. Un buen testimonio vale más que mil palabras. Las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra.
En tercer lugar, propongan abierta y directamente a los jóvenes la vocación sacerdotal, así como Jesús se la propuso a los primeros apóstoles y al joven rico del evangelio. No tengamos miedo. Jesús habla a través de nosotros. Hablemos abiertamente sobre las excelencias del sacerdocio católico.
San Juan Pablo II, en una carta que dirigió a los sacerdotes, en el año 1985, invitaba a los sacerdotes a realizar un examen de conciencia: “Vuelvan a sus recuerdos personales. ¿Acaso no se halla en los principios de la vocación de ustedes un sacerdote ejemplar que guió sus primeros pasos hacia el sacerdocio? ¿No es verdad que el primer pensamiento de ustedes, el primer deseo de servir al Señor, están ligados a la persona concreta de un sacerdote-confesor, de un sacerdote-amigo? Si, el Señor tienen necesidad de intermediarios, de instrumentos para hacer oír su voz y su llamada”
Queridos Dainer y Renzo, ¡ofrézcanse al Señor para ser instrumentos suyos en la llamada a nuevos obreros para su Iglesia! ¡Jóvenes generosos no faltan!
Los encomiendo al Inmaculado Corazón de María. Que Ella se muestre como madre, llena de ternura y amor.
Que sus lemas, se haga realidad en el ministerio que hoy iniciarán. Renzo, que, en todo momento, en las alegrías y en las penas, en el éxito y el fracaso, puedas decir como María “hágase en mí, según tu Palabra’’, pues Dios sabe más. Dainer, ánimo y confianza en Dios y en las capacidades que se te han dado. El Señor, te dice: “no digas que eres muy joven. Tú irás a donde yo te mande y dirás lo que yo te ordene. No tengas miedo, yo estaré contigo para protegerte”
Queridas familias de Dainer y Renzo, muchísimas gracias por este regalo que han hecho a Dios y a la Iglesia. Ellos rezarán por ustedes y les traerán muchas alegrías, pues el Señor nunca se deja ganar en generosidad.
Oremos por nuestros hermanos. De su fidelidad dependerán muchas cosas. Amén.
Mons. Ángel Caraballo
Administrador Apostólico de Cabimas y Obispo Auxiliar de Maracaibo.
Maracaibo, 09 de junio, fiesta del Inmaculado Corazón de María, del año 2.018.

martes, 27 de marzo de 2018

HOMILÍA DE LA MISA CRISMAL SANTA IGLESIA CATEDRAL DE LA DIÓCESIS DE CABIMAS.


HOMILÍA DE LA MISA CRISMAL
SANTA IGLESIA CATEDRAL DE LA DIÓCESIS DE CABIMAS.


A dos días de iniciar el Santo Triduo Pascual, nos hemos reunido, en esta Iglesia Catedral, madre de todas las iglesias de la Costa Oriental del Lago, sede desde la cual el obispo ejerce su ministerio de guiar al pueblo de Dios a él encomendado, para celebrar esta solemne eucaristía con todo el presbiterio, en la que se consagra el santo crisma y se bendicen los demás óleos.
Saludo especialmente a los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos, venidos de las cuatro zonas pastorales de la diócesis, a cumplir este compromiso de renovar las promesas sacerdotales, esas que hicieron el día de su ordenación ante el obispo y el pueblo de Dios. En esas promesas se comprometieron a configurarse con Cristo, y a ejercer el ministerio como seguidores de Cristo, Cabeza y Pastor, sin pretender los bienes temporales, sino movidos únicamente por el amor al Pueblo Santo de Dios.
Saludo a las religiosas y a todos los fieles, que han querido acompañar a sus sacerdotes en este importantísimo acto, expresando así el amor a Jesús, del cual el sacerdote es su representante y el amor a la Iglesia. Dentro de algunos minutos, les pediré a ustedes: “oren por sus sacerdotes, para que el Señor derrame abundantemente sobre ellos sus bendiciones: que sean ministros fieles de Cristo…”
En esta celebración se hace realidad lo que expresó el apóstol San Pedro en una de sus cartas: “somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anuncien las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1Pe. 2, 5). Y todos, juntamente, cantamos las alabanzas del Apóstol San Juan: “A Aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdote de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”.
Damos infinitas gracias a Jesús, que, con su muerte y resurrección, nos hizo un solo pueblo. Tendremos muy presente al pastor de esta Iglesia, mons. Wiliam, quien está en franca mejoría, y espiritualmente nos acompaña. Y también a los sacerdotes de nuestro presbiterio que se encuentran en el exterior: Alexander Arias, Fernando Azuaje, José Alexis Dávila, Orangel Mavares, Jhonny Moya, José Ocaña, Reinaldo Pino y Álvaro Valderrama.
Vivimos momentos difíciles en Venezuela. Los obispos de Venezuela, como pastores, que aman a su pueblo hemos hecho uso de nuestra misión profética, y hemos señalado algunos caminos para la restauración del país. No podemos permanecer callados, pues no queremos recibir la reprimenda que Dios hizo a los pastores de Israel: “Sus centinelas son ciegos, ninguno sabe nada. Todos son perros mudos que no pueden ladrar…” (Is. 56, 10)
Pero, ante la cruda realidad, que vivimos en Venezuela: ¿cuál debe ser la actitud del sacerdote? ¿ser mero espectador? ¿olvidar su sacerdocio ministerial y meterse a político? ¿pedir permiso al obispo para emigrar a lugares más cómodos, poniendo como pretexto que es sacerdote de la iglesia universal y se debe a toda ella? ¿participar en esta cadena de especulación y corrupción, que de alguna manera nos induce esta misma situación de crisis? ¿replegarse a una espiritualidad intimista sin referencia alguna a la cuestión social? ¿abstenerse y censurarse, y por consiguiente volver estéril su sagrada misión de ser ejemplo de Cristo en la tierra? ¿empobrecer su ministerio hasta desdibujarse como socorro espiritual de sus semejantes?
En el año 2.013, tuve la bendición de encontrarme con el Papa Francisco, recién elegido Sumo Pontífice. En esa oportunidad, el Papa nos dijo a todos los obispos reunidos en la Sala Clementina, que “el obispo debe ser para los sacerdotes, padre, hermano y amigo, y en algunas ocasiones, también debe ser abuelo y madre”.
Les voy a hablar con el corazón en la mano, con humildad y firmeza, y trataré de responder las preguntas que acabo de formular, teniendo presente las lecturas que han sido proclamadas y las enseñanzas del Papa Francisco.
En primer lugar, ante esta Situación País, el sacerdote debe saber, que el día de su ordenación fue configurado a Cristo, pastor, cabeza y esposo de la Iglesia. El sacerdote, en otras palabras, es otro Cristo. Cada uno de nosotros, al ver a un sacerdote, puede decir, “yo he visto a Cristo en la tierra”. No es una locura. Ni una pretensión. Es simplemente una visión de fe. Decía el Santo Cura de Ars, patrono de los párrocos, “Si yo me encontrara en la calle con un ángel y un sacerdote, antes que al ángel saludaría al sacerdote, porque en él está el mismo Cristo”. Y cada sacerdote, como Jesús, puede decir: “el espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido”’ Debe, por consiguiente, el sacerdote preguntarse ¿cómo actuaría Jesús en esta situación? Al responder esa puntual interrogante sabrá cómo actuar.
En segundo lugar, el sacerdote, buen pastor, debe estar delante del pueblo (EG, 31), para indicar el camino y cuidar la esperanza de los que han sido confiados a su cuidado, es decir, debe convertirse en modelo, en guía y en luz. El sacerdote es el primero en hacer lo que tienen que hacer los demás, el primero en emprender el camino que han de seguir los demás.
En esta misión de ser guía, los presbíteros, juntamente con toda la Iglesia, están obligados, en la medida de sus posibilidades, a adoptar una línea clara de acción cuando se trata de defender los derechos humanos fundamentales, de promover integralmente la persona y de trabajar por la causa de la paz y de la justicia, con medios siempre conformes al evangelio. Una ayuda preciosa que tienen los pastores para cumplir esta misión son las exhortaciones del episcopado y los principios de la Doctrina Social de la Iglesia.
En tercer lugar, a imitación de Jesús el Buen Pastor, el sacerdote debe estar en medio de todos (EG, 31), con su cercanía, sencilla y misericordiosa. Debe llenar su actividad cotidiana de tiempos para los demás, ser cercano.
En ese trato próximo con la gente, el sacerdote a imitación de Jesús, debe mirar a las personas a sus ojos con una profunda atención amorosa; debe ser siempre accesible a la gente, evitar protocolos innecesarios; no debe hacer caso al qué dirán ni a los respetos humanos, cuando se trata de servir a los excluidos de la sociedad; no debe aferrarse a un horario de atención al público como si fuese un funcionario que gana por las horas que trabaja. En fin, debe ser el Buen Pastor que da la vida por su pueblo y lo orienta con el amor de Cristo.
Lamentablemente, puede suceder que un sacerdote, viendo la situación de pobreza, miseria, inseguridad, sea tentado a abandonar el pueblo. No sería ya el Buen Pastor, sino, como dice Jesús: “el asalariado, que no es el pastor ni las ovejas son suyas. Cuando ve venir al lobo, huye abandonando las ovejas, y el lobo las agarra y las dispersa. A él sólo le interesa su salario y no le importan nada las ovejas” (Jn. 10, 12-13). Es una inclinación a vencer con fortaleza y oración.
Las razones que tienen muchas familias y jóvenes para emigrar a otros países y buscar mejores condiciones de vida, son las mismas que tienen los sacerdotes para quedarse en el país y dar lo mejor de sí. El Beato Papa Pablo VI decía: "¡Felices los tiempos difíciles actuales que casi nos obligan a ser santos!".
En momentos de crisis, han surgido los grandes santos de la Iglesia. Pensemos en este momento en los grandes santos sacerdotes: San Juan Bosco, que, ante la pobreza y desorientación de los jóvenes de su tiempo, fundó una congregación religiosa. En San Maximiliano Kolbe, que se ofrece para reemplazar a un compañero del campo de concentración de Auschwitz, que había sido señalado para morir de hambre. Y así muchos otros.
Permítanme, compartir con ustedes, un hecho que marcó mi vida como sacerdote recién ordenado de la Diócesis de Ciudad Guayana. Un sacerdote de la diócesis de Brescia, Italia, el padre Ricardo Benedetti, trabajaba en el Dorado, prácticamente el último pueblo de la diócesis.  Realizó allí un excelente trabajo educativo y de defensa de los derechos de los pobladores y de los indígenas. Un 17 de agosto de 1.995, decide ir de excursión a el Salto Aponwao, en el Parque Nacional Canaima junto a niños, catequistas de la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes, y docentes de Fe y Alegría “El Dorado”, para que conocieran las grandezas de Dios en la naturaleza. La lancha donde se transportaban todos para ver el imponente salto se apagó y fue arrastrada por las caudalosas aguas del río, y se precipitaron a 100 metros de altura.  Pudiendo salvarse este sacerdote, no lo hizo, y su última frase fue: “Mis niños, mi gente, no saben nadar… me voy con ellos, no los puedo dejar solos”. Este gesto heroico de su vida fue el culmen de una entrega generosa de cada día a la causa del evangelio. Hoy, todavía recuerdan al padre Ricardo como el sacerdote misionero italiano, que acompañó a su gente hasta el final.
Hay palabras, circunstancias y retos que desaniman a los cobardes, suelen ser las mismas que animan a los valientes. Ánimo, queridos sacerdotes: ¡Cristo, y el pueblo venezolano los necesitan!
En cuarto lugar, el sacerdote, en ocasiones, deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y, sobre todo porque el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos (EG, 31). Ha de tener un corazón magnánimo en el cual, entre todas las personas, especialmente aquellas que, por su condición política, social y económica, son excluidas y no tomadas en cuenta.
Pero tengan siempre presente que siempre debemos actuar como sacerdotes, es decir, actuar como Cristo actúo y estar en sintonía con el Magisterio de la Iglesia. Al sacerdote, no le corresponde, participar activamente en política partidista. Al respecto, San Juan Pablo II nos recuerda: ‘’a los presbíteros que, en la generosidad de su servicio al ideal evangélico, sienten la tendencia a empeñarse en la actividad política, para contribuir más eficazmente a sanar la vida política, eliminando las injusticias, las explotaciones y las opresiones de todo tipo, la Iglesia les recuerda que, por ese camino, es fácil verse implicado en luchas partidarias, con el riesgo de colaborar no al nacimiento del mundo más justo que aspiramos, sino más bien a formas nuevas y peores de explotación de la pobre gente. Deben saber, en todo caso, que para ese empeño de acción y militancia política no tienen ni la misión ni el carisma de lo alto”.
Queridos sacerdotes, les expreso mi profundo agradecimiento por la excelente labor que realizan en sus parroquias, en medio de tantas dificultades e incomprensiones. Asimismo, las atenciones que han tenido hacia mi persona y el fiel cumplimiento de las peticiones que les he hecho. Quisiera recordarles lo que San Pedro expresa en su segunda Carta () y que es válido para todos nosotros los que amamos a Jesucristo: “…esfuércense por añadir a su fe, virtud; a su virtud, entendimiento; al entendimiento, dominio propio; al dominio propio, constancia; a la constancia, devoción a Dios; a la devoción a Dios, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque estas cualidades, si abundan en ustedes, los harán crecer en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo, y evitarán que sean inútiles e improductivos” (2Ped. 1, 5-8)
Saldremos de esta celebración renovados y entusiasmado a seguir, con alegría y esperanza, cumpliendo nuestra misión. Que podamos, como Jesús, decir con firmeza y convicción “el Espíritu de Dios está sobre mí porque me ha enviado a anunciar el Evangelio a los pobres
María Santísima, Nuestra Señora del Rosario, nos acompañe, anime y fortalezca durante estos días santos, a fin de que podamos recoger abundantes frutos de conversión y santidad. Amén.

Mons. Ángel Caraballo
Administrador Apostólico de Cabimas y Obispo Auxiliar de Maracaibo.







 

 




 

lunes, 19 de marzo de 2018

ORDENACIÓN DIACONAL DEL ACÓLITO KEYSY SÁNCHEZ SANTA IGLESIA CATEDRAL DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO - CABIMAS.


ORDENACIÓN DIACONAL DEL ACÓLITO KEYSY SÁNCHEZ
SANTA IGLESIA CATEDRAL DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO
(Num. 3, 5-9; Salm. 83; Hch. 6, 1-7; Mt. 20, 17-20)
CABIMAS.


Muy apreciados sacerdotes concelebrantes,
Muy apreciadas religiosas,
Querida familia del acólito Keysy,
Muy amados hermanos y hermanas en el Señor,


Ya a las puertas de celebrar la Semana Santa, el Señor, fuente de todos los dones y beneficios, nos sorprende con el regalo de un diácono, para que, en medio de la comunidad, represente a Cristo, que vino a servir y no a ser servido, como hemos escuchado en el Evangelio que acabamos de proclamar.

En efecto, el acolito, Keisy Sánchez, después de haber realizado un largo proceso de formación y de acción pastoral, y teniendo el parecer positivo del Rector del Seminario y del Consejo de Órdenes, recibirá por imposición de mis manos y la oración consecratoria, el sacramento del orden, en el grado del diaconado.

El Libro de los Hechos de los Apóstoles nos habla de la institución de los primeros diáconos para que atendieran a los pobres de las primeras comunidades cristianas. Y el Evangelio, nos describe las virtudes que debe tener aquel que ha sido considerado idóneo para acceder al ministerio diaconal.

Querido Keisy, el ministerio que recibirás es un don de Dios, pues ha sido él quien te ha llamado y quien, a través de mi persona, hará posible que te configures a Cristo, servidor del pueblo. ¡No se te olvide nunca esto! Ninguno de los que hemos recibido esta Gracia somos merecedores de tal don, de manera que puedes decir como San Pablo “doy gracias a aquel que me revistió de fortaleza, a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me consideró digno de confianza al colocarme en el ministerio” (1Tim. 1, 12).

El Señor se valió de personas y acontecimientos concretos para darte a conocer qué quería él de ti. Me contaste que la llamada la sentiste por primera vez en una semana santa, cuando tenías 7 años, al ver una serie que se llamaba “Jesús de Nazaret”.  Me dijiste “Ese hombre me impactó y atrajo de tal manera que al año siguiente estuve frente al televisor de mi casa justo a la misma hora que se había transmitido la serie el año anterior para volverla a ver. Aunado a ello, de 1er a 3er grado en la escuela Petete, ubicada en el sector Ambrosio, recibí mis primeras nociones de religión, donde me enseñaron a rezar el Padre nuestro, el Ave María y el Ángel de mi guarda”.

Posteriormente, gracias a una amistad, comenzaste a asistir a la Santa Misa. Y, el haber ingresado a la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, constituyó para ti una bendición, ya que, a los 28 años de edad, recibiste el perdón de tus pecados, a través del sacramento de la confesión, y la primera comunión. Desde ese momento, no te has apartado del Señor, y diariamente, cuando seas presbítero y celebres la Santa Misa, dirás “haz, Señor, que jamás me separes de ti”.

Ha sido el Señor quien ha conducido tu vida, y te ha traído hoy al altar de la mano de tu queridísima madre, Yudith Josefina Rodríguez Pérez, mujer que te inculcó valores de respeto hacia los mayores, amor y dedicación al estudio. Espíritu de servicio, dedicación y entrega a la familia, cuidado de tus hermanos. Fue y sigue siendo para ti una mujer grandiosa e importante en tu vida. Juntos han crecido en la fe católica, en el amor a María y la vivencia del servicio apostólico. El Papa San Pio X dijo una vez “¡CADA VOCACIÓN SACERDOTAL PROVIENE DEL CORAZÓN DE DIOS, PERO PASA POR EL CORAZÓN DE UNA MADRE!”.

Este don, que se te dará, te facultará para que ejerzas tres diaconías, o servicios, en la comunidad cristiana:

—La diaconía de la Palabra. Dentro de algunos minutos, te entregaré el Evangelio, y te diré: Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”.
La Iglesia nos invita, en primer lugar, a ser escuchadores y meditadores de la Palabra, de manera que ella transforme nuestra vida, y así poder transmitir a otros lo que previamente hemos contemplado. En Palabras del Papa Francisco: “antes de preparar concretamente lo que uno va a decir en la predicación, primero tiene que aceptar ser herido por esa Palabra que herirá a los demás, porque la Palabra es viva y eficaz como una espada” (EG, 150).
—La diaconía de la Liturgia: desde el principio, el ministerio del diácono ha estado vinculado a la liturgia. En este aspecto, el diácono cumple la función de servir y asistir al Obispo y al presbítero en la celebración litúrgica, especialmente en la Eucaristía, de la cual el diácono debe sacar las fuerzas necesarias para identificarse, cada vez más, con Cristo Servidor de la comunidad.

—Y se te pedirá, de modo especial, ejercer la diaconía de la caridad a los más pobres. Provienes, Keysi, de una familia pobre, y sabes, por experiencia propia, cuánto sufren los que menos tienen, porque no poseen las cosas básicas para vivir dignamente. Además, has de tener presente que la Iglesia Venezolana, en los documentos del Concilio Plenario de Venezuela, ha hecho la opción preferencial por los pobres, opción que el Papa Francisco, en su exhortación apostólica, El gozo del Evangelio, la tiene como criterio fundamental en la evangelización: “a quiénes debemos privilegiar? Cuando uno lee el Evangelio, se encuentra con una orientación contundente: no tanto a los amigos y vecinos ricos sino sobre todo a los pobres y enfermos, a esos que suelen ser despreciados y olvidados, a aquellos “que no tienen con qué recompensarte” (Lc 14, 14). No deben quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten este mensaje tan claro. Hoy y siempre, los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio, y la evangelización dirigida gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer” (EG, 48).

Tenemos en la historia de la Iglesia el aleccionador ejemplo de San Lorenzo, diácono de Iglesia de Roma, en el siglo tercero. El alcalde de Roma, que era un pagano muy amigo de conseguir dinero, llamó a Lorenzo y le dijo: "Me han dicho que los cristianos emplean cálices y patenas de oro en sus sacrificios, y que en sus celebraciones tienen candeleros muy valiosos. Vaya, recoja todos los tesoros de la Iglesia y me los trae, porque el emperador necesita dinero para costear una guerra que va a empezar".

Lorenzo le pidió que le diera tres días de plazo para reunir todos los tesoros de la Iglesia, y en esos días fue invitando a todos los pobres, lisiados, mendigos, huérfanos, viudas, ancianos, mutilados, ciegos y leprosos que él ayudaba con sus limosnas. Y al tercer día los hizo formar en filas, y mandó llamar al alcalde diciéndole: "Ya tengo reunidos todos los tesoros de la iglesia. Le aseguro que son más valiosos que los que posee el emperador".

Llegó el alcalde muy contento pensando llenarse de oro y plata y al ver semejante colección de miseria y enfermedad se disgustó enormemente, pero Lorenzo le dijo: "¿por qué se disgusta? ¡Estos son los tesoros más apreciados de la iglesia de Cristo!".

Te tocará, por tanto, cuidar los tesoros más preciado de la Iglesia: los pobres, porque ellos son la “carne de Cristo”, a través de ellos puedes palpar y sentir a Jesús.


Para cumplir esta labor, debes seguir el consejo que nos da Jesús en el Evangelio: no seguir el ejemplo de aquellos que, aprovechándose de su posición de poder, dominan como señores absolutos y oprimen a los más necesitados, es decir en vez de servir al pueblo, se sirven del pueblo.
Sigue, Keisy, el ejemplo de Jesús, que “vino a servir y no a ser servido y dar la vida”. Procura vivir para los demás, y olvidarte de ti mismo, de tus comodidades, de tus intereses y de tus proyectos personales. Que puedas decir, como San Pablo: “mi vida es Cristo”.
Los fieles de esta Iglesia de la Costa Oriental del Lago quieren ver en ti a Cristo Servidor.  Para terminar, te doy dos consejos que una vez dio el Papa Francisco a un grupo de diáconos:
. Vive la disponibilidad. El servidor aprende cada día a renunciar a disponer todo para sí y a disponer de sí como quiere. Si se ejercita cada mañana en dar la vida, en pensar que todos sus días no serán suyos, sino que serán para vivirlos como una entrega de sí.
. El que sirve no es esclavo de la agenda que establece, sino que, dócil de corazón, está disponible a lo no programado: solícito para el hermano y abierto a lo imprevisto, que nunca falta y a menudo es la sorpresa cotidiana de Dios. El siervo sabe abrir las puertas de su tiempo y de sus espacios a los que están cerca y también a los que llaman fuera de horario, a costo de interrumpir algo que le gusta o el descanso que se merece.
Te encomiendo a Nuestra Señora del Rosario, la servidora fiel y obediente a los designios de Dios, el gran regalo que Jesús nos hizo en el momento en que iba a ofrecerse en sacrificio por todos. Que ella se muestre hacia ti como madre, llena de piedad y amor. Amén.

+Mons. Ángel Caraballo
Administrador Apostólico de Cabimas y Obispo Auxiliar de Maracaibo








domingo, 18 de febrero de 2018

HOMILÍA - I DOMINGO DE CUARESMA 2018

I DOMINGO DE CUARESMA
(Génesis 9, 8-15; 1 Pedro 3, 18-22; Marcos 1, 12-15)


Muy apreciado pueblo de Dios,
Hace apenas algunos días, el miércoles de cenizas, cuando iniciamos la Cuaresma, recordamos las practicas propias de este tiempo: la oración, el ayuno y la limosna, las cuales nos prepararán para celebrar la gloriosa resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
Hoy, la liturgia de la palabra nos invita a meditar sobre una de esas prácticas: la oración. Dice el Evangelista que ‘’el Espíritu Santo empujó a Jesús al desierto’’.   El desierto, entre los muchos significados que tiene en la Sagrada Escritura, significa: lugar de silencio, que nos permite el encuentro con el Señor; austeridad, ausencia de toda cosa superflua.
Dice el Papa Benedicto XVI que “reflexionar sobre las tentaciones a las que es sometido Jesús en el desierto es una invitación a cada uno de nosotros para responder a una pregunta fundamental: ¿qué cuenta de verdad en mi vida?», y una de las cosas fundamentales, sin la cual no podemos vivir, es la oración.  Esa ha sido la experiencia de los grandes santos: “aquel que ora ciertamente se salva, y quien no ora, ciertamente se condena”, decía San Alfonso María. Y Santo Cura de Ars: “todos los males que nos agobian en la tierra vienen precisamente de que no oramos o lo hacemos mal”
Llama poderosamente la atención que Jesús, después de haber recibido el bautismo en el Jordán, momento en el que fue proclamado Hijo Amado en el cual el Padre tiene todas sus complacencias, y haber recibido el mandato de llevar la Buena Nueva a los pobres, sanar los corazones afligidos y predicar el reino, no se apresura a cumplir esa misión, sino que obedece al Espíritu, ora, medita, ayuna y lucha. Todo esto en una profunda soledad y silencio.
No es de extrañarnos, porque esta fue la conducta que Jesús asumió durante toda su vida, puesto que para él ‘’su manjar, su delicia era cumplir la voluntad del que lo había mandado”, y sólo lo podía hacer si estaba muy unido a su Padre. 
En efecto, Jesús, iniciaba su jornada, retirándose a un lugar tranquilo y solo a orar, porque sabía que durante el día tendría que estar ocupado en las cosas del Padre. En muchas ocasiones, se separaba de los hombres y se refugiaba a solas en un trato íntimo con aquel que le había enviado. Y cuando debía tomar una decisión importante, por ejemplo, cuando eligió a los doce apóstoles y la noche antes de entregar su vida por nosotros, pasó toda la noche en vigilia, pidiéndole al Creador que lo iluminara, que lo consolara y que la diera las fuerzas necesarias para emprender lo que su Padre le pedía.
El cristiano, cual seguidor de Jesús, debe imitar este ejemplo. No se concibe a un cristiano que ponga objeciones para no orar, que se justifique diciendo que tiene mucho trabajo, o deje la oración en un segundo plano, o simplemente que ella desaparezca de su vida.  En la actualidad, estamos muy acostumbrados a la imagen, al sonido, al alboroto, al trabajo frenético, y nos cuesta ponernos delante del Sagrario para escuchar a Jesús. Y, por eso, somos esclavos de nuestros vicios y pecados. Por esa razón tenemos vacíos y temores en nuestra existencia.
Se repite, de algún modo, lo que le sucedió al pueblo de Dios en Egipto, cuando el Faraón mandó a sus ministros: «Que se aumente el trabajo de estos hombres para que estén ocupados en él, de forma que no presten oído a las palabras de Moisés y no piensen en sustraerse de la esclavitud» (Ex 5, 9). Los «faraones» de hoy dicen, de modo tácito y explicito, a través de los medios de comunicación social y las redes sociales, ordenan que se aumente el alboroto sobre la gente, que les aturda, para que no piensen, no decidan por su cuenta, sino que sigan la moda, la ideología, compren lo que ellos quieren, consuman los productos que ellos ofrecen, para que de esta manera se olviden de sí mismos y de su Creador.
San Juan Pablo II, instaba a los fieles: “¡No dejéis de orar! ¡Que no pase un día sin que hayan orado un poco! ¡La oración es un deber, pero también es una gran alegría, porque es un diálogo con Dios por medio de Jesucristo! ¡Cada domingo, la Santa Misa, y, si es posible, alguna vez durante la semana; ¡cada día, las oraciones de la mañana y de la noche, y en los momentos más oportunos!”.
Si estamos unidos al Señor, podremos, como Jesús, vencer las tentaciones que nos presentan los enemigos del alma: el mundo, la carne y el demonio. Hoy, el Evangelio, nos habla también del gran tentador de la humanidad, el demonio, que quiere apartar a los hombres del camino de Dios. El no cansa ni descansa, como dice Benedicto XVI.  Él trabaja las 24 horas al día, los 7 días de la semana.  Cesa su trabajo con nosotros cuando morimos.
Jesús precisamente venció al demonio por la fuerza espiritual, que consiguió en la oración, porque vivió de la palabra del Señor, nunca se expuso temerariamente a los peligros y solamente adoró a su Padre.
Viendo los acontecimientos de estos días en nuestra querida Venezuela, podemos decir que el diablo, oscureciendo la mente de muchos, y alimentando sus aspiraciones mezquinas, está haciendo estragos y destruyendo la convivencia social. Nos estamos matando los venezolanos, no hay diálogo, no hay respeto por la forma de pensar del hermano, hay todo tipo de agresión física y verbal, descrédito, mentiras y engaños. Existe un clima donde prospera la desunión y la maldad, señales y claves de que nos estamos alejando de la luminosidad del Señor y cayendo en las trampas y ofertas del maligno.
Satanás, a través de gente inescrupulosa y que le rinde tributo, está profanando los cementerios, sacando los restos mortales de nuestros seres queridos para hacer todo tipo de maleficios y hechizos, ofendiendo y atacando la fe del pueblo. Satanás, a través de juegos como la ouija, Charli-Charli, la ballena azul, está llevando a muchos jóvenes a la muerte, la desesperación y la locura.
Queridos hermanos: ¡tengamos cuidados con ese ser siniestro! Existe, y todavía actúa, usando sus armas: la astucia, el engaño, el desaliento, la intriga. Nos dice San Agustín para consolarnos, “que el demonio es un gran perro encadenado, que acosa, que mete mucho ruido, pero que solamente muerde a quienes se les acerca demasiado”. (Santo Cura de Ars)
Querido hermano, no te dejes seducir por el demonio. No permitas que el desaliento, la amargura, la desesperanza, la frustración, reine en tu corazón. Comparto con ustedes esta fábula que nos ayudará a comprender lo que he dicho más arriba: Cierta vez corrió la voz de que el diablo se retiraba de los negocios y vendía sus herramientas al mejor postor. En la noche de la venta, estaban todas las herramientas dispuestas en forma que llamaran la atención, y por cierto era un lote siniestro: Odio, celos, envidia, malicia, engaño, placeres, excesos, ... además de todos los implementos del mal.
Pero un tanto apartado del resto, había un instrumento de forma inofensiva, muy gastado, como si hubiese sido usado muchísimas veces y cuyo precio, sin embargo, era el más alto de todos. Alguien le preguntó al diablo cuál era el nombre de la herramienta. "Desaliento", fue la respuesta. "¿Por qué su precio es tan alto?", le preguntaron. "Porque ese Instrumento -respondió el diablo- me es más útil que cualquier otro; puedo entrar en la conciencia de un ser humano cuando todos los demás me fallan y, una vez adentro, por medio del desaliento, puedo hacer de esa persona lo que se me antoja. Está muy gastado porque lo uso casi con todo el mundo y, como muy pocas personas saben que me pertenece, puedo abusar de él"
 El precio de desaliento era tan, pero tan alto, que aún sigue siendo propiedad del diablo... El desaliento es uno de los estados de ánimo contra el cual es indispensable fortalecerse. Nos desalentamos con la situación económica, con nuestro trabajo, con nuestra familia, con la necesidad de cambio, con los grupos de amigos, con el engaño, con la mentira, con el desamor... Debemos mantenemos alertas contra el desaliento. Si se presenta un tropezón o una caída no hay que entregarse. Después de cada caiga se empieza, otra vez, desde un punto más alto. Digamos como San Pablo en Segunda de Corintios (2da. Corintios 4:8-9): “...estamos atribulados en todo, más no angustiados; en apuros, más no desesperados”.
Si somos fieles a nuestra oración diaria, si recibimos frecuentemente los sacramentos, tendremos fuerza espiritual para resistir y superar las tentaciones del Maligno.
Le pedimos a Papa Dios “líbranos del mal”, “aparta de mí lo que me aparte de ti”. Arcángel San Miguel, “defiéndenos en la lucha, sé nuestro amparo contra la maldad y las asechanzas del demonio” Que María Santísima, por su constante intercesión, nos ayude a salir victoriosos de este combate. Amén

+Mons. Ángel Caraballo
Administrador Apostólico de Cabimas y Obispo Auxiliar de Maracaibo



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viernes, 16 de febrero de 2018

¡Proclama mi alma la grandeza del Señor!

¡Proclama mi alma la grandeza del Señor!


Hace 5 años, un día como hoy, en mi diócesis de Ciudad Guayana, en la cual serví 22 años como presbítero, recibí la ordenación episcopal. Doy gracias a Dios, y a la Santa Iglesia, por haberme conferido este don inmerecido, que me convirtió en un sucesor de los apóstoles, y que debe seguir el consejo del Señor: “ser el último y servidor de todos
Quiero recordar en este aniversario a Su Eminencia Cardenal Pietro Parolin, quien fue uno de los ordenantes principales de la consagración episcopal.
Cuando el 19 de noviembre, Su Eminencia Pietro Parolin, otrora Nuncio Apostólico en Venezuela, y ahora Secretario de Estado, me anunció que el Papa Benedicto XVI, me había nombrado obispo auxiliar de Maracaibo, yo le respondí que siempre he sido un hombre obediente y, si habían visto en mí las cualidades para servir a la Iglesia desde ese ministerio, aceptaba, pues nunca le había negado nada a la Iglesia de la cual he recibido todo.
También le expresé que confiaba en las palabras de Santo Tomás de Aquino: “a los que Dios elige para una misión los dispone y prepara de suerte que resulten idóneos para desempeñar la misión para la que fueron elegidos”. Y que confiaba en sus oraciones, su consejo y compañía.
Él me invitó a la Capilla de la Nunciatura, oramos un poco, y, posteriormente, escribí la carta de aceptación al Papa Benedicto XVI. Después de una larga conversación, en la cual hablamos sobre la Arquidiócesis de Maracaibo, almorzamos, y me dijo que el nombramiento se haría público el 30 de noviembre, fiesta de San Andrés, y clausura de los ejercicios espirituales de los sacerdotes de Ciudad Guayana.
Con gusto, aceptó ser uno de los ordenantes principales, al lado de Mons. Ubaldo Santana, y Mons. Mariano Parra, otrora obispo de Ciudad Guayana. El día previo a la ordenación, recité la Profesión de Fe en mi parroquia de origen, Nuestra Señora de Fátima. Al final de la celebración, me dijo su Eminencia, que quedó gratamente edificado por la celebración y el amor que me tenía Ciudad Guayana.
Posteriormente, en el mes de septiembre, al llegar a Caracas, después del Curso de Obispo de reciente nombramiento en Roma, lo llamé para despedirme, ya que él saldría al día siguiente a la Ciudad Eterna. Tuvo la delicadeza de invitarme a la Nunciatura, hicimos una breve evaluación de mis primeros meses como obispo, y compartimos la cena.
Un sabio sacerdote, una vez me dijo: “cuidado con los inicios”, “comienza con bien pie” “busca el consejo de los prudentes”. Doy gracias a Dios, porque puso en mi camino a este hombre de Dios, quien, por su inteligencia, espiritualidad, corazón humilde y prudencia, es el primer consejero del Papa Francisco.
En el año 2.016, con motivo de la Clausura del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, y la entrega del Capelo Cardenalicio a su Eminencia Baltazar Porras, en Roma, tuve la oportunidad de hablar nuevamente con monseñor Pietro Parolín, quien guarda un bonito recuerdo de Venezuela, y ha tenido una participación activa para solucionar la grave crisis que atraviesa nuestro país.
El próximo 22 de febrero, día de su proclamación como cardenal, y día en que monseñor Ubaldo me presentó a la Grey Marabina, volveré a dar gracias a Dios, fuente de todos los dones y beneficios, y le pediré que me agarre bien de su mano, para que sea un servidor de todos, fiel, sabio, bueno y prudente.
Actualmente, tengo tres nombramientos: Obispo Titular de Dagno, Auxiliar de Maracaibo y Administrador Apostólico de Cabimas. Para cumplir bien esta misión sigo contando con la oración de todos ustedes.
A todos:  a mi numerosa familia, a Mons. Ubaldo Santana, al presbiterio de Maracaibo, de Cabimas y Ciudad Guayana, a las Religiosas y Religiosos, y a los laicos, con San Agustín, les digo: “¿Qué cosa mejor podemos traer en el corazón, pronunciar con la boca, escribir con la pluma, que estas palabras: “Gracias a Dios”? No hay cosa que se pueda decir con mayor brevedad, ni oír con mayor alegría, ni sentirse con mayor elevación, ni hacer con mayor utilidad”. Por eso, les doy unas sentidas y sinceras GRACIAS.
Suplico a la Santísima Virgen María, a quien estoy consagrado, que me siga bendiciendo. A Ella, que dijo “SI”, para que el Verbo se hiciera carne; A Ella, que estuvo en las bodas de Caná, cuando Jesús inició su ministerio público, y en Pentecostés, cuando el Espíritu hizo surgir la Iglesia, me encomiendo filialmente. El Santo Espíritu de Dios   guie mis pasos en la senda de ser útil, y prestar siempre el servicio que nuestra Santa Iglesia requiere. ¡Amén!

Mons. Ángel Caraballo
Administrador Apostólico de Cabimas y Obispo Auxiliar de Maracaibo.


 



miércoles, 14 de febrero de 2018

MENSAJE DE CUARESMA 2.018 - Mons. Ángel Caraballo



MENSAJE DE CUARESMA 2.018

Queridos fieles que peregrinan en la Costa Oriental del Lago,

Me dirijo a ustedes, al inicio de este tiempo de Cuaresma, que hemos comenzado con la imposición de cenizas, para exhortarles, con el apóstol San Pablo: “En nombre de Cristo, les pedimos que se reconcilien con Dios” y a “no echar en saco roto la gracia de Dios’’ que recibiremos, si realmente nos convertimos de corazón al Señor, fuente de todos los dones y beneficios, y único capaz de satisfacer los deseos más profundos del corazón humano.

¡Es tiempo de conversión, amados hermanos!

Jesús, en el momento que extendió sus brazos en la cruz, abrazó los cuatro puntos cardinales del espacio y el tiempo, y ha convertido nuestra historia (cada una de nuestras circunstancias y fatigas, y aún nuestros pecados) en tiempo de gracia, lugar de encuentro entre dos abismos, el de la Misericordia del Padre y la miseria del hombre.

La Iglesia, a través de este tiempo de preparación, nos invita a actualizar, a hacer presente aquí y hoy, el misterio de nuestra redención. Así como Moisés, antes de recibir las tablas de la ley, subió a la montaña y pasó 40 días de oración y ayuno (Ex. 34, 28), al término de los cuales, regresó con su rostro resplandeciente, porque había hablado con Dios, también hoy, el cristiano, durante estos 40 días de cuaresma está llamado a encontrarse personalmente con el Señor, para poder cumplir su misión de ser ‘’sal y luz del mundo’’.

Y todo esto será posible, si incrementamos, precisamente, durante este tiempo las obras propias que la Iglesia nos invita a realizar: la oración, el ayuno y la limosna.  La oración, que nos recuerda nuestra total dependencia de Dios, pues sin él no podemos hacer nada, en él somos, nos movemos y existimos. El ayuno, que nos ayuda a tener dominio sobre nosotros mismos y a no seguir las apetencias desordenadas de la carne. La Limosna, la bendita caridad, que nos invita a salir de nosotros mismos, para encontrarnos con el hermano, especialmente con el más necesitado.

En su mensaje de Cuaresma de este año, el Papa Francisco nos recuerda “El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia”

Mi gran deseo es que, en este tiempo, se multiplique las obras de asistencia y promoción social dirigida a los más pobres, que, en estos últimos años, lamentablemente, han aumentado considerablemente. La Campaña Compartir ‘’Aportemos a la nutrición de nuestros niños y niñas”, se dirige a contrarrestar el problema de la desnutrición infantil a través del programa SAMAN Y VIVEROS en perspectiva del reconocimiento de la dignidad de hijos de Dios y ante la exigencia del evangelio de dar de comer al hambriento (MT 25, 35), con la clara convicción en las palabras de Jesús ‘’Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron’’ (Mt. 25, 40).

 Junto a lo anterior, les recuerdo a los sacerdotes que deben ser generosos en la administración del sacramento de la confesión, a través del cual los fieles se reconcilian con Dios y la Iglesia.

Aprovecho el momento para informarles que, a partir del 19 de febrero, entrará en vigencia las ofrendas voluntarias que los fieles están invitados a dar en ocasión de recibir un servicio de la Iglesia. Si nos sentimos miembros de la Iglesia, asumimos también como nuestras sus necesidades, especialmente el sostenimiento de los sacerdotes. Recordemos que los sacerdotes no perciben un sueldo del gobierno ni de la diócesis, y se sostienen por las ofrendas que los fieles dar en las celebraciones litúrgicas. Ellos forman parte también de este pueblo que sufre toda clase de calamidades. No los dejemos solos.

Les invito, asimismo, a la ordenación diaconal del acólito Keysi Sánchez que, después de culminar sus estudios y su etapa pastoral, el Consejo de Órdenes ha considerado idóneo para recibir este sacramento. La Ordenación tendrá lugar el 17 de Marzo, en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús.

Agradezco, finalmente, el aporte que hicieron en la Campana “Apoya a tu Iglesia”, la cual arrojó un monto de 11.441.128, que ha servido para sufragar algunos gastos de funcionamiento de la Curia Diocesana. Estamos a la espera de recibir todos los aportes, ya que algunas parroquias no lo han hecho, para publicar la lista.

Mons. William sigue recuperándose satisfactoriamente en Caracas. Les envía su saludo y su bendición de padre y pastor. Sigamos rezando por él.

Oremos, por tantas personas que han cruzado la frontera, buscando en otro lugar lo que su país le ha negado, “ante todo por «el anhelo de una vida mejor, a lo que se une en muchas ocasiones el deseo de querer dejar atrás la “desesperación” de un futuro imposible de construir. Se ponen en camino para reunirse con sus familias, para encontrar mejores oportunidades de trabajo o de educación: quien no puede disfrutar de estos derechos, no puede vivir en paz”, como nos recuerda el papa Francisco (Jornada Mundial de la Paz 2018).

Les deseo una santa cuaresma para que podamos vivir una feliz y fructífera Pascua de Resurrección. Cristo, nuestro Maestro, va delante de nosotros, sigámosle agarrados de la mano de su Madre, de nuevo hacia la casa del Padre.

¡Dios les bendiga y cuide!


Dado en Cabimas, el 14 de febrero de 2018, Miércoles de Ceniza.




Mons. Ángel Caraballo
Administrador Apostólico de Cabimas y Obispo Auxiliar de Maracaibo.



HOMILÍA DEL MIÉRCOLES DE CENIZA “Desgarren su corazón y no sus vestidos” (Jl 2, 13)

HOMILÍA DEL MIÉRCOLES DE CENIZA
“Desgarren su corazón y no sus vestidos” (Jl 2, 13)

Queridas hermanas y hermanos,
Con esta celebración de imposición de cenizas, iniciamos con toda la Iglesia Universal, el tiempo de cuaresma, que nos preparará para conmemorar la solemne resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Iniciemos, por tanto, este tiempo con un profunda fe y esperanza, pues, en medio de tantas dificultades que estamos viviendo, sabemos que el Señor está y estará con nosotros, que no nos abandona, que su Providencia Divina guía los destinos de los pueblos. ¡Que es nuestro bendito salvador!
Hoy, como hizo con el pueblo de Israel, el Señor nos dice: ‘’si mi pueblo, sobre el cual es invocado mi nombre, se humilla, orando y buscando mi rostro, y se vuelven de sus malos caminos, yo los oiré desde los cielos, perdonaré su pecado y sanaré su tierra” (2Cron. 7, 14)
Toda la Liturgia de la Palabra pone a nuestra consideración que la conversión de corazón es la característica de este tiempo de gracia:
El profeta Joel, con autoridad y hablando en nombre de Dios, nos dice: ‘’ahora –oráculo del Señor- conviértanse a mí de todo corazón… Rasguen los corazones no las vestiduras: conviértanse al Señor Dios de ustedes, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad, y se arrepiente de las amenazas”.
El Salmista reconoce que ha pecado ‘’contra ti, contra ti, sólo pequé, cometí la maldad que aborreces’’ y pide la gracia del perdón: ‘’crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme, no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu”
Jesús en el Evangelio nos muestra el camino para conseguir esa conversión a través de la oración, el ayuno y la limosna, advirtiéndonos, como nos dice el profeta Joel, que deben ser practicadas con rectitud de intención y en la presencia del Señor, a fin de que la gracia vaya actuando en nuestras vidas y no sea simplemente un actuar delante de la gente.
Y San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que este tiempo de cuaresma es favorable, es tiempo de conversión, no podemos esperar otro.
Dentro de algunos minutos recibiremos en nuestras frentes las cenizas y, en esta oportunidad, el sacerdote nos dirá: Conviértete y Cree en el Evangelio.
¿Qué es la Conversión?
Lo primero que Jesús predicó en todos los sitios a donde llegaba y a todas las personas: Conviértanse, porque está cerca el Reino de los cielos.
«Conviértanse y crean en el Evangelio» es el llamado que hace el Señor a todos. La palabra griega para hablar de conversión es metánoia, que literalmente quiere decir cambio de mentalidad, abandonar una forma o modo de pensar que lleva al pecado para asumir un nuevo modo de pensar, la nueva mentalidad propuesta por el Evangelio. Se trata de asumir y hacer suyos los criterios evangélicos o enseñanzas del Señor, para que éstos se conviertan en norma de conducta para una nueva vida. Dado que el ser humano actúa de acuerdo a lo que piensa y a los valores que asume, la invitación a un cambio de mente implica, evidentemente un arrepentimiento del mal cometido y un deseo de enmendar el camino, viviendo de acuerdo a las enseñanzas divinas. Es un nacer de nuevo por la gracia de Cristo.
En la Sagrada Escritura, podemos ver ejemplos muy claros de personas que se convirtieron: el rey David, la Magdalena, la mujer sorprendida en flagrante adulterio, el retorno del hijo pródigo, Zaqueo, San Pedro, que lloró amargamente su deslealtad al Señor y, como muestra de su arrepentimiento profundo, exclamó: Señor, tú lo conoces todo, tu sabes que te amo.
En este proceso de cambio, juega un papel importante, el arrepentimiento sincero de nuestras faltas y el compromiso de enmendar nuestras vidas.
No basta sentir remordimiento, es decir, no basta tener rabia, o disgustarse por haber hecho algo malo que no quisiéramos haber hecho. No nos da tristeza por haber ofendido a Dios, sino porque hicimos algo que no nos gusta haber hecho. Eso pasa con Judas, que después de haber vendido a Jesús se suicidó, pero no le pidió perdón a Dios. El Remordimiento no borra los pecados, y no sirve sino para amargarse la vida. No trae paz al alma sino más tristeza y desesperación.
Tampoco es suficiente tener un arrepentimiento imperfecto, la atrición, que es un dolor o pesar de haber ofendido a Dios por el temor de ser castigado por él o merecer la condenación eterna. El que tiene un arrepentimiento así concibe a Dios, como un juez castigador y simplemente remunerador. Viviría una vida mediocre, y se conformaría con evitar los pecados mortales.
Hace falta que tengamos una contrición o arrepentimiento perfecto, que tengamos un dolor o pesar de haber ofendido a un Dios tan bueno y digno de ser amado sobre todas las cosas. Es el arrepentimiento que tuvo el Rey David, cuando dijo: ‘’un corazón humillado y arrepentido, Dios nunca lo desprecia’’ (Salmo 50),
Durante este tiempo de cuaresma, le he pedido a los sacerdotes que sean generosos en la administración del sacramento de la confesión, que también lo podemos llamar el sacramento de la conversión, porque alejados de Dios, escuchamos la llamada de Jesús a la conversión y volvemos a la casa del Padre. La confesión de los pecados sólo es instrumento para destruir el pecado, sino ejercicio precioso de virtud, de regeneración, de renovación espiritual hasta que lleguemos al hombre perfecto a la medida de Cristo.
Queridas hermanas y hermanos, este es momento favorable, es tiempo de salvación, para que, de una vez por todas, dejes el pecado y seas realmente cristiano, imitador y seguidor de Jesús. No caigas en la tentación diabólica de retrasar la conversión para después, para mañana, para un momento más oportuno. Recuerda que a nadie se le ha prometido el día de mañana.
Y te lo explico, a través de una anécdota, quizás conocida por ustedes.
Se cuenta que Satanás, en el examen final de tres aprendices de demonios, preguntó:
¿Cómo engañarían ustedes a la gente, para que se alejen de Dios y no lleguen al cielo?
. El primero respondió: Yo le diré que no existe Dios. Satanás dijo: Aplazado, porque la gente sabe que existe Dios, basta ver la grandeza y la bondad de la gente, para llegar a esa conclusión.
. El segundo respondió: Yo le diré que no existe el infierno. Satanás dijo: Aplazado. La gente sabe que existe la condenación, con sólo ir a las cárceles y ver como sufren los hacedores del mal, y ver el sufrimiento de los que están en el vicio de la droga, el licor y la pornografía, que viven enfermos, aislados y esclavos de sus pasiones.
. El tercero respondió: Yo le diré que todavía hay tiempo, que no se conviertan ahora, que lo dejen para mañana. Y Satanás respondió: Excelente. Summa cum laude, con esa estrategia, lograrás que muchos se condenen.
Querido hermano: Si ya has pensado convertirte, si ya lo tienes decidido, ¿a qué esperar? Hoy es el día, ahora mismo; no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Dejarlo para luego es exponerse a dar marcha atrás; no todos los días estás decidido, no a toda hora estás preparado para este paso. Al demonio le encanta ilusionar a la gente y engañarla con la conversión de mañana; a Dios le gustan las cosas hoy y ahora: Hoy es el día de la conversión.  El Señor quiere darte esta gracia.
Que Nuestra Señora del Rosario nos acompañe en este camino, que hoy iniciamos hasta llegar a la celebración gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo.

Mons. Ángel Caraballo
Administrador Apostólico de Cabimas y Obispo Auxiliar de Maracaibo